VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 14 de Abril de 2007

El oficio de conservar el pasado

Bucean en lo más profundo de una obra de arte. Indagan sobre su creador, su técnica, y develan sus historias para hacerlas renacer. Los restauradores avanzan junto con la ciencia para recuperar el pasado y permitir que el arte continúe disfrutándose en el futuro. Están inmersos en un pequeño gran mundo que los llena de satisfacciones al convertirlos en cómplices de un artista que aprecian, de una obra que les agradece el haberla salvado de una muerte inminente o de un cliente que más que una pieza les encarga recuperar los sentimientos que hay puestos en ella.

Texto, Constanza Toledo Soto Producción, Paula Fernández T. Fotografías, José Luis Rissetti

El mismo año en que Miguel Ángel murió, parte de su obra más célebre fue retocada. La Iglesia de la época acusó de paganos los desnudos que el artista pintó en la Capilla Sixtina, mandando a cubrir las "vergüenzas" de sus protagonistas con el dibujo de delicados velos.

Hoy, después de cientos de años, gracias a un grupo de profesionales que a fines del siglo XX se encargó de eliminar las añadiduras a través de un exhaustivo proceso de rehabilitación, es posible apreciar la obra tal como fue concebida por su creador. Lo mismo ocurrió con los frescos de la Capilla Brancacci, en Florencia, y con muchas otras pinturas renacentistas censuradas por su desnudez. En todas ellas la labor de restauración fue indispensable para recuperar el original.

Pero no existe una receta única para lograrlo. Cada obra presenta una historia y características individuales, por lo tanto, conocer materiales, telas, pigmentos, barnices o datos como las técnicas utilizadas en un determinado período histórico, es imprescindible para el trabajo de un restaurador, al involucrarlo directamente con el objeto y su historia.

"Mientras todo avanza nosotros recuperamos el pasado", dice Lilia Maturana, restauradora jefa del Laboratorio de pintura del Centro Nacional de Conservación y Restauración (CNCR). De profesión diseñadora de interiores y de muebles, fue una de las primeras mujeres en dedicarse a esto, comenzando el año 72 luego de haberse especializado en México en restauración de objetos. Actualmente complementa su labor en el Centro con su taller particular, porque asegura que no hay nada mejor que ver la cara de los clientes cuando les entrega sus cuadros restaurados: "Son personas muy sensibles en cuanto al arte, y les digo que yo no restauro obras, sino emociones. Parto de la idea de que en esos objetos la gente puede tener muchos recuerdos o historias que hacen que les tengan un cariño especial", cuenta Lilia, quien ha recibido chocolates, libros e incluso un par de propuestas de matrimonio de clientes agradecidos.

En Chile la labor de los restauradores por años se ligó a una cuestión casi netamente artística, donde la relación maestro alumno fue primordial para que los aprendices adquirieran la habilidad de manipular una obra y pudieran formarse un criterio como futuros expertos del área. Con el tiempo la labor se profesionalizó y su unión con el mundo de la ciencia fue cada vez mayor, convirtiéndose en una multidisciplina donde convergen conocimientos de química, física, estética, antropología e historia del arte.

Óleos, textiles, esculturas, papeles, porcelanas, cualquier obra puede ser restaurada y para todas rige el principio de la mínima intervención, según Lilia Maturana. "Podemos recuperar el máximo posible, pero parte del daño tiene que quedar en evidencia", sostiene. Con el mismo criterio opera Soledad Correa, quien forma parte del laboratorio de papel del CNCR desde 1994. "Si una imagen presenta faltantes, sólo se integran las lagunas para que éstas no interfieran en la lectura fluida de la composición. Jamás se inventan motivos o se hace un diseño. Y si se ha perdido un alto porcentaje de información de la obra, lo ideal es hacer sólo un trabajo de conservación", comenta.

La diferenciación con el objeto original y el empleo de materiales reversibles –para que la obra pueda ser nuevamente restaurada– son también valores esenciales. No se trata de dejar una pieza como nueva ni menos de falsificarla, porque se estaría pasando a llevar lo más importante: su historia. De ahí la importancia de la investigación y recopilación de antecedentes, al igual que las reconstituciones hipotéticas que el especialista realice antes de comenzar. En una ocasión, recuerda Alejandro Rogazy, recibió una histórica colección de cuadros que fue baleada en un allanamiento. El dueño consideraba los orificios indignos para sus pinturas y quería hacerlos desaparecer, "yo me negué, pues esas marcas eran parte de la historia de la obra; algo así como su aval", sostiene quien ha dedicado 27 años de su vida a esta labor.

¿Usted me pintó las flores?

Enfrentarse a una creación con humildad, reflexionar y estudiar acerca de su tratamiento, conversar con otros especialistas antes de intervenir, pensar en lo que pueda pasar después de su restauración, y tener claro que "si no sabes no procedes" son algunas de las claves con que Isabel Alvarado y Fanny Espinoza han desarrollado por 25 años su trabajo con textiles en el Museo Histórico Nacional. Precursoras en este ámbito, su primer acercamiento "en vivo y en directo" con el tema fue a través de un curso dictado a principios de los ochenta para las voluntarias del museo donde trabajan hasta hoy. Sus criterios son más bien conservadores, por lo que todos sus esfuerzos están dirigidos a estabilizar los textiles; con aguja, hilo y telas de refuerzo hacen lo justo y necesario en cada prenda.

No sólo el paso de los siglos daña una obra. Suciedad, exceso de luz, de humedad, de temperatura; la acidez propia del papel o maltrato son parte de las causas por las que una pieza comienza a deteriorarse. Y, por cierto, cada obra condiciona su propio tratamiento.

La anécdota que cuenta Alejandro Rogazy, lo grafica claramente.

- Llegó a mis manos un cuadro de una artista contemporánea. Algo me pareció extraño en una de sus esquinas, por lo que decidí llamar a la pintora para preguntarle sobre la composición que había usado: "Ah! se me acabó el óleo así que lo terminé con desodorante en crema", me respondió ella con toda soltura.

Para Rogazy comenzaba una ardua tarea. Cuando un objeto llega a manos del restaurador éste inicia un proceso de documentación fotográfica y de investigación de la obra, haciendo un análisis por cada uno de sus estratos: soporte, capa de preparación, capa pictórica y capa de barniz, determinándose así su estado de conservación. Con esto identifican el problema y realizan una propuesta de tratamiento. De ahí en adelante todos sus esfuerzos se dirigen a recuperar la imagen lo más fielmente posible.

Luz Barros, directora de la Galería y Centro de Restauración Artium y vice presidenta de la Asociación Gremial de Conservadores-Restauradores, recuerda a un cliente que quedó tan impactado con el tratamiento de limpieza hecho a un paisaje europeo que le preguntó si ella le había pintado las flores que aparecieron. "Eran tan pequeñas que con la suciedad y el barniz oxidado no se veían", cuenta Luz. Comenta, además, que "a veces también cambia completamente la gama cromática de una pintura, y de verse oscura, amarillenta o verdosa, recupera colores vibrantes y claros".

Aunque son los menos, hay casos en los que definitivamente una obra no puede ser recuperada. Es demasiado el deterioro o, lo que es peor, ha sido "arreglada" previamente. "Restaurar una restauración" es una de las situaciones más difíciles que a estos profesionales les toca vivir. Bien sabe de esto Ana Elisa Anselmo, conservadora del Museo de Artes Decorativas e Histórico Dominico, quien hace años recibió a un acongojado cliente que había mandado a retocar el retrato de su abuelo, pintado por Alfredo Valenzuela Puelma. El problema estuvo en que le devolvieron a un señor totalmente distinto. "El trabajo que hicieron fue una falta de respeto tremenda; la utilización de materiales erróneos saltaba a la vista. Afortunadamente ese "arreglo" era reciente, por lo que la eliminación resultó rápida. Lo más increíble fue la cara de emoción del señor diciéndome que le había devuelto a su abuelo".

Algo de su historia

El mítico taller de Ramón Campos Larenas, quien comenzó a ejercer la profesión en los años 70, formó a buena parte de quienes hoy hacen de esto su vida. Sin embargo, antes de profesionalizarse la carrera en nuestro país, ya había gente que salió al extranjero para tomar cursos en distintas áreas. Ellos fueron la base para la carrera de Licenciatura en Arte con mención en Restauración que a principios de los ochenta se instauró en la Universidad Católica, a cargo de los restauradores Guillermo Joiko –ya fallecido– y Hernán Ogaz. Esto a partir de un convenio que la casa de estudios firmó con el Centro Nacional de Conservación y Restauración, creado en 1982 a partir de un diagnóstico que dejó ver el atraso de Chile en la materia. El Centro fue creciendo, al igual que los interesados en este mundo; salieron las primeras generaciones de la universidad, y muchos de ellos continuaron especializándose en el extranjero.

Hernán Ogaz e Isabel Sotomayor llevan casi treinta años de matrimonio y trabajo en conjunto. Se pusieron a pololear estudiando Licenciatura en Arte en la Católica; luego ella partió a España para hacer un curso de restauración de pintura de caballete. Al tiempo se casaron y juntos se fueron a Perú para seguir aprendiendo una especialidad que llenaba "la atracción artística" de ambos. Hoy, en su casa-taller en la comuna de Providencia no han perdido la pasión por los desafíos que cada caso les presenta. "Hay un goce estético al trabajar cuadros de buenos pintores, mirando la técnica, el uso del color, las soluciones plásticas de los artistas de las distintas épocas. Es como hacer una introspección al pintor desde la intimidad de su trabajo", señalan.

La vinculación que llega a existir entre obra y restaurador en muchas ocasiones crea en este último la necesidad de acercarse al artista en busca de más información. En su carrera, Luz Barros se ha contactado con pintores o incluso con las familias de algunos que ya no están para conocer detalles técnicos, materiales, o identificar elementos originales. Sostiene que "ésta es una de las partes más entretenidas de un proceso de restauración, pues se puede contar con datos que complementan los análisis científicos". Lo mismo siente Lilia Maturana, quien trabajó junto a Germana Matta "a cuatro manos" –como ella misma le dijo– en varios cuadros del artista ya fallecido. "Conocí mucho más de Roberto Matta en este proceso de lo que me hubiese imaginado", dice Lilia.

Mientras más fuerte es el vínculo que logran con un autor y su mundo, mejores son los resultados. Soledad Correa concluye: "es como ayudar eficazmente a quien uno aprecia".


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Foto:José Luis Rissetti


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