EL SÁBADO

Sábado 17 de Febrero de 2001


Eugenio Ruiz-Tagle Orrego: Los pedazos de una vida

Fue un excelente alumno del Verbo Divino. Un deportista innato. Un idealista que optó por la sencillez extrema. En octubre de 1973 se convirtió en uno de los torturados y fusilados por la llamada Caravana de la Muerte. Un documento revelado hace diez días acredita que el general (r) Augusto Pinochet habría sabido de su ejecución. Esta es la historia que hay detrás de un joven que se encontró con la muerte a los veintiséis años.
por Marcela Escobar y Virginia Herrera

El 23 de noviembre del 2000, setenta personas se reunieron en Antofagasta. Después de veintisiete años enterrado en una tumba de la II Región, la familia de Eugenio Ruiz-Tagle ingeniero civil, casado, miembro del Mapu, ejecutado en octubre de 1973 a los veintiséis años de edad decidió que era tiempo de trasladar sus restos a Santiago. Quisieron hacer lo que no habían podido hacer en todos estos años. Entonces enviaron tarjetas a todos sus amigos. Se contactaron con aquellos de Antofagasta que habían compartido labores con él en la Universidad Católica del Norte y en la Industria Nacional de Cemento (Inacesa). También informaron por correo electrónico a los que estaban más lejos. Finalmente, en Antofagasta, comieron todos juntos ese 23 de noviembre, hicieron vigilia durante la noche y a la mañana siguiente comenzaron las ceremonias de despedida, tanto en el norte como en Santiago. Muchos de los que llegaron no se conocían, pero todos estaban ahí para despedir al mismo amigo.

Guillermo Agüero Piwonka, uno de los más cercanos, recuerda con exactitud el gesto que más le conmovió del sacerdote Carlos Cox, compañero de ambos en ingeniería de la Universidad Católica, quien celebró la misa para Eugenio:

En medio de la ceremonia, el padre Cox hizo subir al altar a Estercita, una mujer sencilla, mayor, vestida de azul. Era la persona del aseo, la auxiliar de las oficinas de Inacesa, quien, desde febrero a septiembre de 1973, le había servido el café a Eugenio. Visiblemente emocionada, doña Ester contó lo que Eugenio había significado para ella y cómo durante veintisiete años había visitado incesantemente su tumba en Antofagasta para acompañarlo y dejarle flores.

Sólo entonces los familiares y amigos de Eugenio Ruiz-Tagle pudieron ponerle un rostro a las flores frescas que siempre adornaron la tumba de su hermano, padre y amigo, cada una de las muchas veces que lo visitaron.

Eugenio se presentó voluntariamente en la Intendencia de Antofagasta, a primera hora de la mañana del 12 de septiembre de 1973, obedeciendo un bando militar. Faltaban cinco días para su cumpleaños número veintiséis. Hasta ahí lo llevó su chofer y secretario, Herman Zuljevic, quien tiene un quiosco de diarios y revistas en la misma ciudad, y que hoy recuerda al joven y entrañable amigo: Nos despedimos con un apretón de manos cariñoso, deseando volver a encontrarnos. Todavía espero que así sea, algún día, en otras circunstancias....

Vivir 25 años

De niño, Eugenio Ruiz-Tagle jugaba a ser Sandokán. Con su hermana María Alicia, un año mayor que él, se creían los héroes y heroínas de esas historias. Eran tiempos en que ambos leían mucho. A los ocho años, a María Alicia le habían regalado la colección completa de las aventuras de Tarzán, y corría donde Eugenio a comentarlas e inventar juegos. Junto a Emilio, el más pequeño de los tres hermanos, se encaramaban en la casa que habían construido arriba de un árbol y fabricaban revistas, donde contaban lo que pasaba en el hogar. Se las vendían a la abuela.

La casa de calle Alcántara, en el barrio El Golf, que albergaba a los Ruiz-Tagle Orrego, tenía un jardín inmenso. Otro escenario para las aventuras infantiles. Los hermanos se iban a lo que ellos llamaban la pradera, un sitio donde ya no había pasto, sino sólo árboles frutales. Ahí jugaban a ser agricultores. Plantaban frambuesas, frutillas. Las fertilizaban. Las tapaban con salitre. Nadie se los había enseñado. En una época donde la televisión aún no era tema, a fines de los cincuenta, los niños estaban obligados a ser creativos.

Pero ni en la más delirante de sus fanta-sías, estos hermanos imaginaron lo que traería la adultez. Emilio estudió leyes y es el actual embajador de Chile en Paraguay. María Alicia se casó, y a fines de 1968 se fue de Chile con su marido, convirtiéndose en intérprete simultánea. Eugenio abrazó la ingeniería civil, pero su vida fue tronchada demasiado temprano.

María Alicia había guardado silencio hasta ahora. Su hermano Eugenio nació un año después que ella, el 17 de septiembre de 1947. Desde ese día, fueron cómplices. Yuntas, como dicen ahora, asegura ella. Y empieza a hablar, a entusiasmarse con las historias de ese hermano, tan interesado en el mundo que lo rodeaba.

Éramos muy, pero muy amigos. Tal vez por el hecho de ser hombre y mujer, no competíamos. Siendo nuestros padres agnósticos, fueron muy estrictos al inculcarnos valores muy sólidos. Por eso, aunque ellos no fueran a misa, nosotros teníamos que ir igual, aunque estuviéramos en la playa o en la nieve. Nos decían que después, cuando grandes, deberíamos tomar nuestras propias decisiones, bien fundamentadas, pero jamás por inercia o simple flojera.

Sus primeros años en el Verbo Divino, Eugenio los pasó inadvertido. Tranquilo, buena persona, lo describen sus compañeros de entonces. Hasta que se fascinó con el fútbol. Ahí comenzó a hacerse de más amigos. El arquitecto Gabriel Baudet, quien vive en Roma, compartía esa pasión.

Era un gran centrodelantero y yo, arquero. Ganamos varios campeonatos con el equipo del colegio. A la salida de clases o los fines de semana, jugábamos fútbol en el gran jardín de la casa de los Ruiz-Tagle.

Sus afinidades deportivas llegaban sólo hasta ahí: Eugenio Ruiz-Tagle era un fanático de la Universidad Católica, mientras que Baudet era hincha del Colo. Pese a ello, el amor por el fútbol siempre fue más fuerte: En esa época prácticamente vivíamos en el colegio y los miércoles y sábados en la tarde, que eran días libres, igual nos juntábamos ahí, jugábamos otro partido y luego nos íbamos a esperar a las chiquillas, a la salida del Villa María.

Como todos. Aunque Eugenio nunca dejó de ser un tipo quitado de bulla y buen alumno. Cuenta Baudet: Disputábamos con Rodrigo Egaña y Patricio Conca los primeros puestos del curso, pero en matemáticas a él no le ganaba nadie. Incluso cuando llegaba trasnochado se sacaba las mejores notas en los números.

Baudet tampoco era de los que se portaba mejor en esos años. Recuerda que una vez los echaron a ambos de un retiro espiritual, cuando los pillaron jugando póker y tomando ron. Eran los tiempos en que la opción política empezaba a ser trascendental en la vida de todos.

Ruiz-Tagle pertenecía al clan de los democratacristianos, entre los cuales estaban los Tómic y los Egaña, Alberto Dittborn y los Pérez de Arce, quienes en ese ambiente más bien conservador eran como pájaros raros, señala Baudet.

Eugenio todavía no tomaba una política partidista marcada. Sus padres eran conservadores. Él trabajaba en el Banco Central y nunca mencionó pertenecer a algún partido. La madre, en cambio, apenas había cumplido veintiún años cuando se inscribió en el Partido Liberal. El segundo hijo de la familia, que había aprendido a discutir en los debates que se organizaban espontáneamente en la casa, continuaba más preocupado de las matemáticas y el deporte que de la política.

En esos años, otro de sus amigos más cercanos y también compañero de colegio, Javier Luis López agricultor y exportador de frutas, compartió con él largas jornadas de estudio:

Fue el único que entendió algo de las matemáticas avanzadas. Comenzó a hacernos clases de trigonometría, a nosotros, sus propios compañeros. Terminó sabiendo más que los profesores y cuando entró a ingeniería, rindió un examen de admisión perfecto.

Tantas eran sus habilidades que su profesor de los primeros años universitarios y luego director de la Escuela de Ingeniería, Gonzalo Fernández Fabres, recuerda que en toda su vida de académico, el único alumno que tuvo nota siete final en mecánica racional II, fue Eugenio Ruiz-Tagle:

Este ramo era quizás el más difícil de los primeros años de la carrera. Incluso reprobé a varios, algunos que más tarde terminaron siendo mis jefes en distintas circunstancias de la vida. Eugenio, además de ser un alumno sobresaliente, era de una extraordinaria calidad humana.

Bajo el mar

Con Javier López y otros amigos se iniciaron en las artes del buceo. Ninguno sabía mucho, pero las jornadas de entrenamiento en la piscina de los Ruiz-Tagle Orrego revelaron a un Eugenio destinado a desenvolverse como pez en el agua:

Los profesores duraban tres minutos debajo del agua cuenta Javier. Nosotros, poco menos. Un día, Eugenio enteraba ya cuatro minutos cuando yo me lancé a la piscina a buscarlo. No le había pasado nada, y no pensaba salir. Estaba agarrado a la escalera de la piscina. Ahí descubrimos su capacidad de concentración, de hacer las cosas bien hechas.

La caza submarina se convirtió en su nueva pasión e incluso llegó a ser vicecampeón sudamericano de caza.

Alejandro Fresno también compañero de colegio e ingeniero agrónomo de la UC era su dupla: Juntamos los primeros pesos para comprar los trajes, desinfectando los jardines de las amigas de las mamás y fundiendo pesos de plomo para los cinturones que usan los buzos. Durante las vacaciones recorríamos grandes extensiones a pie, por la playa y buceando. De Algarrobo a Valparaíso, de Concón a Papudo... Eugenio, como hombre rana, era un gallo audaz. En varias ocasiones me tocó sacarlo porque estaba enredado con güiros.

Andrés Navarro, compañero suyo en la universidad hoy presidente de Sonda, recuerda que recorrían Chile de norte a sur, compitiendo en los campeonatos que organizaba la federación:

Su especialidad era encontrar el pejiperro mancha amarilla, un pez muy difícil de hallar. Él era bueno y yo malo, pero igual hacía dupla conmigo a veces. En 1969 ó 1970 pasamos un mes entero buceando en el norte. Así conocimos varias caletas de pescadores y él se quedó un par de meses viviendo con ellos en Papudo. Fue parte importante de su evolución porque ahí, sin duda, descubrió un mundo nuevo.

Luego de cada incursión en alguna de las costas de la zona central, Eugenio volvía donde su hermana María Alicia. Juntos se iban a tomar unos tragos al Drive In Charles, y allí él le transmitía a ella sus emociones por ese mundo nuevo que estaba conociendo:

Vivíamos en un entorno muy protegido, en una burbuja cuenta ella. Eugenio empezó a conocer el mundo de los pescadores y eso le produjo un dolor de alma impresionante. Hizo un amigo muy poco mayor que él, el Chamelo, quien ya tenía varios hijos. Él se preguntaba cuáles eran las posibilidades de esos niños, que no tenían otra opción que pescar para comer y vivir. Se impresionó con ese mundo fuera de la casa, ese mundo de injusticia; hablaba que había que acercar a la gente a la educación, a un futuro mejor. Nuestras conversaciones giraban en torno a cómo salir de esta burbuja inoperante.

Paralelamente, el idealismo político irrumpió con fuerza en los patios de la universidad y fue entonces que comenzó la vinculación de Eugenio con la izquierda. Javier López recuerda que ya en tercer año su amigo se ausentaba de clases para juntarse con personas del Mapu y piensa que esas mismas características de brillante matemático y deportista lo llevaron a convertirse en un líder político.

Los dos amigos ya estaban distanciados, porque Eugenio se había cambiado de lote: el pensamiento de izquierda era la última moda nacional. Él hizo mucho trabajo político con los campesinos, de concientización, cuenta.

Guillermo Agüero Piwonka, actual gerente general de Sodimac, lo conoció en la época de la reforma universitaria:

Eugenio se vio tocado por el espíritu de participación y creatividad de la reforma, y se formó un grupo de Ingeniería con José Luis del Río, Juan Enrique Coeymans, Carlos Cox, Andrés Navarro, yo, entre otros, y en ese ambiente, Eugenio comenzó a preguntarse cómo darle más trascendencia a su carrera. Pero jamás fue un activista. No era un líder de asambleas de los que dan una orden o exaltan a las masas con un grito. Más bien era un conductor, un orientador, un consejero, porque todos los que lo rodeaban sabían que era el de mayor fortaleza.

En 1970, el estudiante de medicina Miguel Ángel Solar le pidió que participara en su lista la 11 de Agosto, que agrupaba a la izquierda, para las elecciones de la FEUC, en calidad de secretario general, en un grupo que incluía a Gabriel Rodríguez y a Violeta Arancibia Clavel. El gremialista Hernán Larraín les ganó por 43 votos. Recuerda Agüero: Eran tiempos de fair play y el Mapu surgió como la proyección política del espíritu de esa reforma.

En esos mismos años, Ruiz-Tagle conoció a Mónica Espinosa, quien sería su mujer.

Conocí a Eugenio en 1968 cuando pololeaba con una amiga mía. Volví a encontrarme con él cuando ellos ya habían terminado su relación, hacía alrededor de un año, a fines de 1970. Como yo acababa de terminar un pololeo y estaba un poco triste, me convidó a ir con él a Antofagasta donde en ese momento trabajaba como secretario general de la Universidad Católica del Norte. Al comienzo sólo continuó nuestra amistad, recorriendo Antofagasta, ciudad que él adoraba, y acampando en Chacaya y Hornitos, pero luego me di cuenta de que me gustaba. Eugenio pescaba y luego cocinaba al fuego, después conversábamos sin parar y mirábamos la puesta de sol y las estrellas. Yo no podía creer que existiera alguien tan adorable. A la vuelta a Santiago empezamos a pololear y nos casamos un año y medio después relata Mónica.

Ninguno de los dos comulgaba con las ideas de sus familias, tradicionales y de derecha, pero ambos mantuvieron siempre con ellas relaciones muy cariñosas y cercanas. En la casa de los Ruiz-Tagle Orrego y en la casa de los Espinosa Marty se discutía, a veces agitadamente, pero no se peleaba.

En 1972 se casaron y se fueron a vivir a una villa en Pudahuel, al lado de Manuel Riesco y Adriana Cruzat. Alicia Orrego no entendía por qué su hijo ya egresado de ingeniería tomaba la senda de la extrema sencillez: cuatro platos, cuatro cuchillos, cuatro tenedores, eran toda su vajilla. No necesito más, les repitió siempre, a su hermana y a su madre. Pero no era ninguna novedad. Ya en la universidad, junto a tres compañeros adherentes a la reforma, se había trasladado a vivir a la población El Pinar, como compromiso por una causa mayor. Allí arrendaron un departamento y Eugenio sólo lo dejó para irse a vivir al norte.

Antofagasta

Fue el ex diputado PPD Vicente Sota, quien lo envió a Antofagasta. Era su superior jerárquico en la Industria Nacional de Cemento. Había trabajado con Eugenio desde que este saliera de la universidad, y pensó en él cuando tuvo que elegir subrogante. Hoy recuerda: Era un muchacho de muy fácil trato. Había trabajado conmigo en Santiago y lo encontraba extraordinariamente eficiente. Tuve que viajar a Dinamarca a comprar maquinaria para la fábrica, y necesité de alguien que me subrogara. Como la planta que estaba en construcción sería ubicada en Antofagasta, tuvo que trasladarse.

Eugenio partió solo. Su esposa y su hija recién nacida llegaron en julio de 1973, luego de que Mónica terminara su tesis de sicología. Para entonces, estaba preocupado: el clima político y social que se vivía en Chile no era el que él habría querido. El 2 de septiembre viajó a Santiago por última vez. Hablaba con entusiasmo de los avances que había logrado Inacesa, donde había compatibilizado por fin su ideal de servicio social y desarrollo profesional.

El contador, dirigente del Mapu y compañero de trabajo de Eugenio, Carlos Bau, testigo clave de las múltiples torturas a que fue sometido su amigo, y de sus últimas horas vivo, revivió esos logros cuando los restos de Eugenio volvieron a Santiago, el pasado noviembre: Eugenio fue comisionado para solucionar los problemas que enfrentaba una gran obra. Inacesa resolvería necesidades apremiantes de viviendas e infraestructura. La construcción tenía atrasos significativos, estaba afectada por lo que había sido el paro de octubre, pero la conducción de Eugenio llevó las obras a su término. Era incansable, trabajaba con el ritmo de los que gozan con el esfuerzo.

Ninguno imaginó jamás en qué iban a terminar esos días de septiembre. María Alicia reconoce que toda su familia le tenía mucho respeto a los militares mi mamá fue la primera en sumarse a los cacerolazos y Guillermo Agüero recuerda que Eugenio durmió en su casa esos primeros días de septiembre, y nada hacía pensar que algo así ocurriría.

Mónica Espinosa recuerda muy bien esa mañana del 12 de septiembre: Eugenio se presentó porque pensó que, si no lo hacía, mucha gente iba a caer presa, y probablemente yo y la Josefa íbamos a sufrir las consecuencias también.

La familia y los amigos, al enterarse de que Eugenio quedaba detenido, pensaron que se trataba de algo momentáneo.

Suponíamos que a mi hermano lo rete-nían por asuntos administrativos recuerda María Alicia. Por el hecho de ser gerente de una empresa pública, tenía que hacer entrega total de su puesto, y para eso era necesario que estuviera el gerente de adquisiciones, que se encontraba en Santiago. Y pensamos que dejaban a Eugenio detenido en el norte, de manera preventiva. Eso fue lo que les informaron a mis papás en ese momento. Que era una cosa totalmente administrativa, que no había ningún cargo contra él, que nunca había estado involucrado en nada, y que esto simplemente se tenía que aclarar.

Comenzaron los llamados a los amigos de Eugenio. Los padres no estaban preocupados por su vida, sólo era necesario sacarlo de la cárcel. De hecho, el mismo Guillermo Agüero esperó durante muchos días su liberación para bautizar a su primogénita, porque lo había elegido como padrino (a su vez, Josefa era su ahijada). Espera infructuosa, porque el 19 de octubre les anunciaron que Eugenio había muerto. Varios de sus amigos no alcanzaron a hacer nada, porque les dijeron que se trataba de algo normal, dadas las circunstancias. Así lo asume Javier López:

Reconozco, con mucha amargura, que no hice mucho. Porque nunca pensé en qué iba a terminar esto. Creí que era provisional. Nadie se imaginó una cosa de esta naturaleza. Muchos amigos nos hemos sentido responsables de lo que le pasó, de no haberlo ayudado. Y yo, personalmente, he quedado con una sensación de culpa muy grande.

Según muchos, fue la muerte de Eugenio Ruiz-Tagle lo que hizo reaccionar a Jaime Guzmán Errázuriz. Recuerda María Alicia:

Ciertamente, Jaime se enteró de la muerte de Eugenio por un bando militar que decía que habían ejecutado al terrorista Eugenio Ruiz-Tagle o algo por el estilo. Me consta que Guzmán dijo que si tenía que poner las manos al fuego por alguien, ese era Eugenio, ya que se conocían y respetaban mucho desde la época de la universidad. Guzmán dijo que iba a hacer los contactos con los miembros de la Junta, y sé que tenía muy buena relación con el general Óscar Bonilla. Me constan las varias llamadas recibidas de parte de Jaime Guzmán y del general Bonilla, quien personalmente me expresó su dolor por lo ocurrido.

Guillermo Agüero habló con Guzmán la misma noche de la misa que se ofició cuando la familia fue informada de la muerte de Eugenio, en octubre de 1973:

Lo llamé y le agradecí su gesto de ir a despedir a mi amigo, sabiendo que por muchos había sido mal mirado que él estuviera allí. Pero Jaime Guzmán fue clave para muchos de nosotros, él era un hombre tremendamente noble, justo y sencillo, y yo mismo le pedí por mi hermano Felipe Agüero. Luego intercedió por varios amigos nuestros, Fernando Flores, Herman Schwember, Gabriel Rodríguez, Carlos Bau, Fernando Villagrán, impactado sin duda por lo que le había ocurrido a Eugenio.

El 19 de octubre de 1973, el mismo día de su muerte, el cuerpo de Ruiz-Tagle fue entregado despedazado a su madre, por el general Joaquín Lagos. Fue una secretaria de Luis Fernandois, el abogado que defendería a Eugenio en el eventual consejo de guerra al que sería sometido, quien prestó la tumba de su propia familia en Antofagasta, a la familia Ruiz-Tagle, lugar donde descansó hasta el año pasado. Alicia Orrego jamás se recuperó de esa pérdida. Murió hace un año y medio sin nunca dejar el luto. (Su marido había muerto en 1995).

Quizás hoy Eugenio Ruiz-Tagle descansa en paz. Su hermano Emilio, ese día de su funeral oficial, cerró estos veintisiete años con estas palabras:

Es sabido que al pasar la primera juventud, las dimensiones de la vida se amplían. Aumentan las percepciones de lo global y sobreviene la comprensión de que en un momento ya no tan lejano, tocará a la propia generación adoptar las decisiones del colectivo social. Los muros cálidos del hogar se hacen estrechos y el horizonte se ensancha... Hoy nos toca despedirlo para su eterno reposo, ahora en el abrazo de nuestros padres, rodeado de nuestro afecto y del de todos quienes también honran su memoria.


La imaginación herida

Josefa Ruiz-Tagle Espinosa tenía menos de un año cuando su padre murió. En noviembre último, en el homenaje que los amigos de Eugenio le rindieron cuando trasladaron sus restos desde el norte, ella también quiso hablar de ese padre al que no pudo conocer. Estos son extractos de su carta que se leyó en el funeral:

A los doce años me fui enterando, a través de una serie de documentos, de cómo había muerto mi papá. Documentos literalmente escondidos en la casa de mi abuela, encontrados por mí como ayudada por un radar. Aún hoy me impresiona que se me haya ocurrido buscar en un marco detrás de una foto, donde aparecía yo de dos años bañándome en la tina....

... Mi abuela me contó que las mujeres que recibieron su testimonio en la Comisión Rettig, le dijeron que ella y mi mamá eran las primeras personas entrevistadas que no lloraban al contar su historia. Mi abuela estaba orgullosa de haber podido guardar la compostura en el dolor, de nunca haber llorado en público. Su conciencia aristocrática consideraba vergonzosas las demostraciones públicas de afecto y eso me fue transmitido. Si no podía llorar, era mejor no hablar del todo, porque una cosa podría llevar a la otra y quedaría expuesta a la impudicia....

... En el fusilamiento que inventó mi familia, o en el que yo misma inventé según mi imaginación de Tardes de cine, un pelotón de soldados disparaba al unísono sobre un hombre con los ojos vendados. Este acto hacía que todos se sintieran inocentes, pues nunca sabrían si había sido su bala la que había dado muerte al hombre....




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Eugenio y su hermana María Alicia, cuando él tenía cinco años y ella, seis. Eran tiempos de jugar en el gran jardín de la casa de Alcántara, donde se volvieron inseparables. Falta Emilio, el menor, que entonces tenía cuatro años.
Eugenio y su hermana María Alicia, cuando él tenía cinco años y ella, seis. Eran tiempos de jugar en el gran jardín de la casa de Alcántara, donde se volvieron inseparables. Falta Emilio, el menor, que entonces tenía cuatro años.


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