EL SÁBADO

Sábado 18 de Septiembre de 2010

Manuela Carrasco
El debut [y la historia de superación] de la heredera de Quilapayún

Es hija de Eduardo Carrasco, director musical del mítico grupo. Sufre una extraña enfermedad, síndrome de Williams.  
Por Iván Valenzuela U. Lo de Manuela Carrasco, la Manu para todos los efectos, es una cuestión de genes. Genes que la determinan.Genes que la bendicen. Y que también son su cruz.Si de herencia musical se trata, Manuela Carrasco Tolosa pertenece al máximo linaje de la canción popular chilena. Es hija de Eduardo Carrasco, el director musical de Quilapayún, el legendario conjunto de la Nueva Canción Chilena que irrumpió en la escena creativa de los años 60 con un repertorio combativo pero con estatura estética, una imagen de poderosos ponchos negros y voces portentosas que gritaban ¡Basta!, igual que el título de uno de sus primeros discos.Quilapayún, el grupo que cantó "El pueblo unido jamás será vencido", une a Manuela Carrasco en línea directa con Víctor Jara, que fue director artístico del Quila; con Inti Illimani, el grupo que acompañó generacionalmente al de su padre y que le puso música al programa de la UP, y con Violeta Parra y toda su descendencia.Si esto fuera un texto genealógico, habría que decir que Manuela Carrasco pertenece a la nobleza de la música chilena.Pero los genes suyos, tan ricos en herencia musical, también le han hecho una jugada cruel. Tiene una enfermedad extraña: sufre una discapacidad llamada síndrome de Williams.En rigor, lo que a la "Manu" le pasó es que una parte pequeñísima del material genético de su cromosoma 7 se perdió en el camino. No es hereditario. Es suerte. Uno en cada 20 mil nacimientos lo sufre. Provoca, según muchas descripciones, una leve deformación en la cara (conocida como cara de duende) que en Manuela se manifiesta en sus gruesos labios. Y también un leve retardo mental. Genera hiperacusia, una sensibilidad extremadamente alta al sonido e intolerancia a los ruidos fuertes.Pero, una pequeña ironía del destino, también provoca, en gran proporción de quienes tienen síndrome de Williams, un enorme talento y gusto por la música.Es decir, que el hombre que encarnó el non plus ultra del canto revolucionario (en una época en que la palabra revolucionario no era sólo un decir) tuvo a los 50 años una hija que sufre una discapacidad y que tiene un enorme talento musical.Algo había que hacer con ello. Y esta es la historia de lo que Eduardo y su hija Manuela hicieron.Partiendo por el final, lo que la "Manu" y su papá hicieron fue un disco. Un disco que comenzó por casualidad, porque se necesitaba una canción para una obra que Manuela Carrasco estaba montando en un grupo de teatro de la universidad con su profesor, Fernando Gómez-Rovira.Así nació una de las canciones del disco, "La niña flaite", un rap, compuesto por Eduardo y Quirino Ríos, que conoció a Carrasco trabajando bases de hip hop para el último disco de Quilapayún y que terminó siendo el productor del debut de Manuela Carrasco. Manuela cantó siempre. Desde las canciones de Mazapán, la música es lo que más le gusta desde chica. Y cantar. Para relajarse necesita escuchar música. Toca piano. Y se aprende con enorme facilidad las melodías y las letras de las canciones. Su padre dice que es como un Wurlitzer. Se sabe las de Quilapayún, de Julieta Venegas, de Los Prisioneros, y la que le pregunten.La hiperacusia que sufre hace que el ruido de una juguera o de un secador de pelo le parezcan insoportables. "Cuando eso pasa, cierro mi puerta, me tapo los oídos y pongo la música fuerte porque la música fuerte me relaja y no escucho el ruido". Claro, para ella la música no es un ruido. Es música. Y siempre quiere oír. "EL MILAGRO SE LLAMA MANUELA" Eduardo Carrasco, ya de regreso en Chile a fines de los ochenta, tuvo una larga relación de pareja con Marcia Tolosa, la madre de Manuela y de su hermano chico. Ambos viven desde hace años en tuición compartida entre sus padres. Así, en vez de visitar a su papá fin de semana por medio, la "Manu" vive con Carrasco la mitad de la semana.De ese modo forjaron el vínculo que tienen ahora. Y la admiración que el padre siente por el inusitado talento de su hija, un talento que proviene, en parte, de su discapacidad, pero que al mismo tiempo la separa de ella.Por eso, Carrasco finalmente se decidió a producir un disco."A veces algo nos hace detenernos y todo sigue un rumbo inesperado. Nuestro interés pasa a ser el interés del otro y todo lo que hacemos tiene como meta su felicidad. Y eso se llama amor, ayudarle al otro a cumplir sus sueños. Aquí, el milagro se llama Manuela. Ella despierta en su entorno la convicción de que si le damos una mano, ella también será capaz de hacerlo", escribió Eduardo Carrasco en la presentación del disco. Y el resultado de ese esfuerzo, de mucha gente, pero principalmente de Carrasco y Quirino Ríos es el álbum "Contando Estrellas", firmado por Manuela y donde los textos son en su mayoría de Eduardo.Es, en definitiva, un gesto de amor.  Amor y generosidad que compartieron músicos estelares de Chancho en Piedra, Los Jaivas, Inti Illimani, Quilapayún, por supuesto, y Los Ex, el grupo de Colombina Parra del que Manuela canta una canción ("Las olas de Marte") en el disco. Y cuando conoció la historia y el proyecto, Jimmy Scott, el dibujante de "El Mercurio", ilustró cada una de las canciones.La "Manu" provocó eso. "Me carga que discriminen" Dice Manuela que no siente que la discriminen, pero que le carga que discriminen a la gente. Ha visto en el metro a niños con síndrome de Down y a gente que los mira con espanto: "Es feo eso, me carga. Y en mi colegio, que es integrado, molestan a algunos niños. No me gusta porque hay que aceptar a todos tal cual como uno es y tal cual como son, no más", dice con ingenuidad y simpleza. Ella estudia en la universidad. Un curso para gente que sufre alguna discapacidad o necesita asistencia y que la va a preparar como asistente de veterinaria. El día de la entrevista tuvo una práctica. Le limpió la jaula a un conejo, ordenó cosas, limpió a dos perros, los acuarios de los peces y ayudó a los que trabajan en la tienda de animales.Está feliz. Eso es lo que hace. Cantar es un placer. Pero no se toma demasiado en serio. No se ve como una artista. Y su padre está feliz con el disco, pero no quiere que la gente que lo oiga esté influida por la compasión provocado por la condición de su hija. Él quiere que la gente lo aborde y le dé la oportunidad, pero como a cualquier álbum, porque cree que el producto final es artísticamente válido. A ella sus canciones le gustan mucho. Y ambos tienen razón. El resultado es un producto artístico notable, que convierte en sublime una especie de estética de la precariedad, protagonizado por una chica, la voz que canta, que no sabe dónde quiere estar, que permanentemente está en conflicto con su contexto. Y esa idea, que cruza amablemente el disco, es una poderosa metáfora de la discapacidad que sufre su protagonista, pero que es perfectamente aplicable a miles de adolescentes ingenuas que están comenzando a enfrentar un mundo que les es confuso. A no engañarse. La "Manu" no es Francisca Valenzuela. Lo de ella no es el talento puro, la voz prístina, el canto perfecto. El talento de la Manu pasa por su sensibilidad y su desatada expresividad.Ella es, en definitiva, lo que convierte a su disco en una pieza estéticamente valiosa y agradable de escuchar.Conocer la historia de amor de la Manu con su papá ayuda. Ayuda a valorar el gesto, la generosidad.Y sobre todo, el amor invertido.Y el amor cosechado.

 


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Eduardo Carrasco y su hija Manuela, de 20 años. Izquierda emblemática carátula de un disco de Quilapayún, tomada por el fotógrafo Antonio Larrea. 
Eduardo Carrasco y su hija Manuela, de 20 años. Izquierda emblemática carátula de un disco de Quilapayún, tomada por el fotógrafo Antonio Larrea. 


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