REVISTA DE LIBROS

Domingo 3 de Junio de 2007

DANILO KIS (1935-1989)
De una catástrofe a otra

Con la publicación de "Una tumba para Boris Davidovich", editorial Acantilado inicia el rescate de la obra del mítico autor yugoslavo, considerado por Susan Sontag, Joseph Brodsky y Harold Bloom como uno de los narradores más importantes del siglo XX.

ÁLVARO MATUS

La imaginación, el juego y la fantasía ayudaron a Danilo Kis a soportar el horror que desde niño lo acechó con los más diversos ropajes: la intolerancia religiosa, la pobreza, el fanatismo ideológico. Nacido en 1935 en Subótica, una pequeña ciudad al norte de Serbia, presenció a los siete años la masacre de judíos y serbios realizada por fascistas húngaros. Fue la primera vez que escuchó el sonido del plomo y el acero. No sería la última.

Como en muchos hogares de Europa Central, esa región amplia y diversa en la que se conjugan varias lenguas y religiones, la familia de Kis era cristiana ortodoxa por el lado de la madre y judía por el del padre. Este último decidió que bautizaran a su hijo cuando el avance de los alemanes se volvió inminente, medida que se convertiría en un auténtico seguro de vida: en 1944 su padre fue enviado a Auschwitz, donde murió, pero el resto de la familia logró instalarse en Montenegro. Allí, Kis asiste al liceo, aprende a tocar violín, compone sus primeros poemas. Después de estudiar literatura en la Universidad de Belgrado, colabora en diferentes revistas culturales, mientras, casi en secreto, empieza a fraguar uno de los proyectos literarios más reveladores del siglo XX. De la mano de una imaginación desbordante, Kis sería capaz de elevar a la categoría de mito la realidad más degradada.

EL ESCÁNDALO

En el primer libro de Kis, La Buhardilla (1962), el protagonista dista de ser un prócer de la liberación o un valiente revolucionario, como habría gustado a las autoridades del "Komitern" yugoslavo. Es un joven bohemio, con ilusiones, sufrimientos y dudas, sobre todo dudas, respecto a cuestiones tan peliagudas en aquella época como el concepto de "patria" o la necesidad de "compromiso", pero también respecto a esos asuntos intrínsecamente burgueses. El protagonista, en otras palabras, se pregunta por la "inmortalidad del alma", la "vida en otros planetas", el dilema de elegir entre "Don Quijote o Sancho Panza". Después vendría Jardín, cenizas (1969), Penas precoces (1972) y El reloj de arena (1972), trilogía que aborda la desaparición del mundo judío en Centroeuropa. El último tomo concluye con una suerte de declaración de principios: "Más vale estar entre los perseguidos que entre los perseguidores".

A esas alturas Kis era un escritor incómodo, aunque no estaba en los planes del gobierno enviarlo a un campo de reeducación, como hacían los rusos o albaneses con sus intelectuales disidentes. En la década del setenta trabajó como traductor en Burdeos y Estrasburgo, dio clases en la Universidad de Lille y también llevó al serbocroata la obra de Baudelaire, Verlaine o, más acá en el tiempo, de Raymond Queneau y Ana Ajmatova .

El panorama cambió después de publicar Una tumba para Boris Davidovich (1979), volumen de siete historias protagonizadas por jóvenes idealistas, funcionarios corruptos y toda clase de torturadores. En "La navaja con la empuñadura de palo de Rosa", el hombre que goza de la absoluta confianza del líder revolucionario es, en realidad, un agente infiltrado de la Gestapo. El protagonista del segundo relato, un irlandés que lucha en la Guerra Civil española, es traicionado por los comunistas y cae prisionero en Karaganda. En la historia que da título al libro, Boris Davidovich será injustamente acusado de colaborar con los ingleses. Conforme con lo que hasta el momento ha sido su vida, soporta toda clase de torturas para no manchar su biografía futura. La imagen del delator le resulta repugnante. El trabajo del torturador, a su vez, es equiparado al del novelista: la firma de una confesión no tiene nada que ver con la realidad; se trata de una forma de inventar vidas, de modificar destinos, de que esos organismos minúsculos entren en un sistema que tiene sus propias leyes: la ficción se equipara así con la Historia.

El revuelo que causó Una tumba para Boris Davidovich fue mayúsculo. La Unión de Escritores Yugoslavos calificó el libro como "un collar de perlas robadas", acusando a Kis de plagiar a escritores tan diversos como Borges, Joyce, Mandelstam y Solzhenitsyn. Joseph Brodsky ha subrayado que "en un país pequeño la política se ejerce siempre a lo grande, sobre todo la política literaria". No es de extrañar entonces que los ataques recibidos por Kis hayan excedido los aspectos literarios, dejando entrever el nacionalismo y la intolerancia religiosa.

Al año siguiente el libro fue editado en Estados Unidos, lo que ayudó a que el prestigio de Kis se propagara por todo el mundo. Harold Bloom lo incluiría más tarde en El canon occidental y Susan Sontag, gran difusora de la literatura centroeuropea, comparó su obra con la de Calvino y Bernhard. Cuando a Kis, sin embargo, le pidieron que definiera su genealogía literaria, dijo que venía de Borges y Bruno Schulz. Con el polaco comparte la imaginación exuberante, un poco caótica, y esos ambientes rurales, nostálgicos, pero muy vivos. La filiación con Borges, sobre todo cuando se compara Una tumba... con Historia universal de la infamia, pasa por la serenidad con que narra el horror, la reducción de la vida de un hombre a dos o tres escenas, la cita de archivos y biografías falsas, la parodia como herramienta para desenmascarar la futilidad del poder. En una especie de ensayo autobiográfico, Kis entregó la clave de su poética: "No se puede entender el totalitarismo usando su misma seriedad. Es decir, usando su mismo lenguaje. Para hacer esto, necesitamos a un Rabelais. Necesitamos otra lengua. O se escriben manifiestos o se escribe literatura. La literatura debería ser el último baluarte de la cordura. Salvar la lengua de estos lenguajes estereotipados y agresivos, que invaden todo. Un soneto de amor -un bonito soneto de amor- es un empedrado en el pantano de los lenguajes estereotipados. Una pequeña isla donde se puede poner un pie. En Rabelais ya estaba todo: la lengua, el juego, la ironía, el erotismo y también el famoso compromiso político. ¿Qué más quieren?".

Con ese mismo tono desafiante, con esa misma agudeza, Danilo Kis develó el absurdo de un mundo uniformado, regido nada más que por la ideología. Tres semanas antes de que cayera el Muro de Berlín murió de cáncer. Tenía 53 años y llevaba casi una década radicado en París. Para Susan Sontag, resultaba un consuelo saber que no alcanzó a vivir la destrucción de Bosnia a manos de los serbios, el último horror del siglo XX. Hubiera sido demasiado para un hombre que había pasado, como se dice, de una catástrofe a otra.



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