REVISTA DE LIBROS

Viernes 31 de Diciembre de 2004

Balance 2004: Un centenario y otro nonagenario

Neruda y Parra acapararon las celebraciones de las efemérides literarias de este año.
Por Camilo Marks

El año que termina hoy fue, en gran medida, dedicado a celebrar un siglo desde que, en 1904, naciera Pablo Neruda en la, hasta entonces, anónima localidad de Parral. Si el genial poeta hubiera estado vivo, con certeza se habría sentido algo embarazado ante la profusión y desparramo de festejos en su honor. Y tal vez hasta hubiese experimentado una cuota de decepción. Hubo, es verdad, numerosas publicaciones alrededor de su obra y su figura y, lo que es más sustancial, la mayoría de sus títulos se imprimió en ediciones decorosas y a precios moderados. Sin embargo, no existe constancia de que se le haya leído de modo considerable - recordemos que Veinte poemas de amor y una canción desesperada llegó al millón de ejemplares en los años 60, hecho único en la poesía en lengua española. Neruda parece continuar en el panteón de los mejores escritores chilenos, un tanto petrificado, venerado o endiosado, pero cada vez menos difundido, a juzgar por las tendencias y bogas presentes en las actuales generaciones. En cuanto a los ejemplares elaborados en torno a su vida o su labor creativa, el resultado fue poco alentador. Desde luego, nunca se ha escrito la biografía definitiva de Neruda y parece que tal empeño estuviese condenado al fracaso (tampoco se han relatado, con calidad, las trayectorias de los demás autores nacionales significativos). Todas las aproximaciones a su persona han tenido un carácter fragmentario, parcial, oblicuo y, en el peor de los casos, pintoresco. Los amores de Neruda, las colecciones de objetos que le pertenecieron, las comidas que le agradaban, intentos psicoanalíticos para explicar al vate, la ropa y los disfraces con que se vistió e incluso testimonios de amigos o chascarros anecdóticos reemplazaron toda empresa solvente para reconstruir y representar a ese personaje formidable. De la crítica es mejor ni hablar porque, fuera de notables excepciones, los buenos estudios nerudianos datan de la época que va desde los 40 a los 60 y durante los agasajos del centenario, prácticamente nada de interés se dijo acerca de Neruda. En suma, mucha pompa y circunstancia y exiguos aportes de valor.

En cambio, al cumplir los 90 años de edad, Nicanor Parra recibió, en forma contrastante, atenciones y halagos menos ostentosos, pero más eficaces. El antipoeta goza de espléndida salud física e intelectual, recibe con apacible socarronería y escepticismo las lisonjas que se le brindan y sus volúmenes de versos fundamentales se leen y releen por adolescentes, mayores, viejos (sobre todo Poemas y antipoemas y Versos de salón). Él es, hoy por hoy, una de las potencias más influyentes dentro de la lírica castellana. En realidad, Parra es una paradoja viviente, pues su producción, bastante escasa, ha originado una multitud de ensayos, en diversos idiomas, sucediéndose, año tras año, interpretaciones diferentes y de toda índole a propósito de sus poemas, artefactos, invenciones verbales. Si lo equiparamos con otros bardos eminentes en nuestros anales - De Rokha, Huidobro, Mistral, Lihn, Teillier, Anguita, Rojas- , descubriremos que nadie ha recibido tantos y tan renovados análisis como él. Dicho con un prosaísmo antipoético, Parra tiene cuerda para largo rato.

Los nuevos poetas

El año 2004 vio, además, la emergencia o la precaria notoriedad de un dilatado contingente de autores líricos jóvenes y no tan jóvenes, premiados, becados, bien reseñados, a veces comentados con un exceso de mimos y complacencia. Juan Cristóbal Romero, Cristián Gómez, Leonardo Sanhueza, Carmen García, Malú Urriola, Germán Carrasco, Javier Bello, Andrés Andwandter, Elizabeth Oria, Paula Ilabaca, Felipe Ruiz, Rosario Concha, Juan Pablo Wirimilla son apenas una docena en medio del centenar de rapsodas atrevidos, originales, cosmopolitas, estridentes, urbanos, desenfadados, talentosos, que hoy ejercen el difícil arte poético en Chile. La antología Cantares. Nuevas voces de la poesía chilena, ofrecida por Raúl Zurita, que comprende a casi 50 poetas, es un buen ejemplo de esta enorme proliferación, de la heterogeneidad de tonos y matices, de la rica pluralidad de estos creadores, cuyas edades fluctúan entre los 17 y los 35 años. Pero también conforma un muestrario de limitaciones y debilidades, que se aplican tanto a los seleccionados, como a muchos excluidos de esa compilación que publican, participan en talleres, forman parte de revistas y son considerados con creciente entusiasmo por académicos o especialistas.

A estas alturas, uno ni sueña con la aparición de tomos semejantes al Canto General, de Neruda, a Altazor, de Huidobro, a Tala, de Gabriela Mistral o, alterando la geografía y la época, al Canto a mí mismo, de Whitman o Anabasis, de Saint-John Perse. Es lógico y natural que así sea, pues la literatura y, en especial, la poesía, han cambiado radicalmente. Con todo, puede advertirse un grado de anarquía, de enredo, de caos frente a tamaña fertilidad; por otra parte, dicha abundancia se expresa, de manera inversa y absurda, en una descomunal estrechez cuando observamos el corpus de los practicantes del género poético hoy en día.

Casi todos ellos han compuesto uno o dos volúmenes que promedian 40 páginas, y en distintas circunstancias, sus colecciones ni siquiera alcanzan tal longitud (descontando, claro está, los trucos gráficos, los espacios de carillas enteras en blanco, las ocurrentes separaciones para los encabezamientos, las numeraciones insólitas, etc.). En determinadas oportunidades, se nos presentan poemas de dos versos o se llenan hojas con meditaciones narrativas, prosas de corte nostálgico o satírico o lisa y llanamente textos que parecen sacados de periódicos, avisos publicitarios, canciones populares. Y entonces es legítimo sospechar de tanta rareza, tanto detalle curioso, tal cantidad de artificios extemporáneos. Y, en particular, es difícil creer en el ingenio de quienes lanzan pequeñísimos poemarios, cuya real extensión, si se eliminan las argucias editoriales, llegaría apenas a cubrir 10 o 15 folios de dimensión minúscula.

Todavía es demasiado prematuro juzgar a estos nacientes artistas y sólo en varios años más, a lo mejor en décadas venideras, será posible calibrar su genuina virtud. En algunos, tanto los que antes mencionábamos como otros, se percibe inteligencia, sagacidad, chispa y una dosis de conocimientos. Pero nadie puede aún compararse con nuestros mejores autores líricos o épicos del pasado ni tampoco con los herederos de la excelente tradición nativa, en el presente adultos o mayores, como Efraín Barquero, Rosa Cruchaga, Armando Uribe, Delia Domínguez, Miguel Arteche, Óscar Hahn, Floridor Pérez, por mencionar los primeros nombres que acuden a la mente y la memoria si se trata de hablar en serio de poesía. Probablemente, ciertos versificadores bisoños con auténtica sensibilidad y discernimiento, persistirán en su vocación y podremos así valorarlos en forma debida. Por ahora, quienes exhiben superioridad sobre sus pares son aún promesas y el tiempo dirá qué pasa con el resto.

La prosa de estos lados

Es indudable que para la literatura nacional, así como para la hispanoamericana, los 12 meses que acaban de transcurrir se sintetizan en un número: 2666, cifra cabalística, misteriosa y de complejos sentidos con la que Roberto Bolaño tituló a su ciclópea novela póstuma. Ese libro era, por supuesto, muy esperado y la recepción que ha tenido ha sido anonadante. Era inevitable que ello ocurriera, dadas las expectativas surgidas con bastante antelación a la fecha en que 2666 estuvo en librerías. Sin tomar en cuenta su obra anterior, Bolaño dejó, en 2666, un legado que será leído y releído, estudiado y reestudiado a lo menos durante la siguiente generación. Este inmenso trabajo narrativo constituye una cantera inagotable de historias, subhistorias, personajes, episodios independientes o entrelazados dentro de la línea argumental del relato, por lo que es imposible resumir esa titánica empresa novelística en unas pocas líneas - o en varias páginas- . Aun cuando sea impracticable, por el momento, decir algo concluyente sobre 2666, podemos adelantar un hecho irrefutable: si Bolaño fue un poeta y prosista nacido en Chile, pero más ligado a México y España que al suelo patrio, 2666 marca un tajante alejamiento en relación a los temas o preocupaciones vinculados con nuestro país. Su ficción postrera posee rasgos totalmente cosmopolitas y ese factor conforma uno de los atractivos esenciales de esta fecunda crónica.

Mucho más cerca de nosotros, hubo gratas sorpresas, afianzamientos de carreras y un término medio bastante parejo. Madre que estás en los cielos, de Pablo Simonetti, probó un fenómeno curioso: la campaña previa al lanzamiento de esta primera novela fue, por una vez al menos, positiva, debido a que estamos en presencia de un libro bien escrito y bien realizado. Hasta siempre, mujercitas, de Marcela Serrano, consolida su producción y es, junto a Antigua vida mía, la mejor creación salida de su pluma. Alberto Fuguet retornó al género cuentístico en Cortos, demostrando que este molde le es propicio. Pablo Torche, con la colección de relatos En compañía de actores, se acerca por momentos al ensayo, aunque posee agudeza e imaginación al servicio de un negro pesimismo. La ley natural, de Gonzalo Contreras, no llega a la elevación de sus grandes novelas - La ciudad anterior y El gran mal- , si bien indica que la calidad de su prosa es indesmentible. Jorge Edwards mantuvo el vigor de su estilo maduro en El inútil de la familia y ha cosechado un sorprendente éxito. La burla del tiempo, galardonada narración de Mauricio Electorat, tuvo adeptos cautivados por el experimentalismo y la simultaneidad de tramas de esa ficción. Cuando florece la higuera, de Jorge Guzmán, es una saga familiar sólida, amena, para lectores más bien exigentes. Los debuts literarios de novelas fueron, en general, reconfortantes. Destacaron Roberto Fuentes con Algo más que esto, Francisco Casas en Yo, yegua, Alfredo Sepúlveda con Las muchachas secretas y la inclasificable Claudia Donoso con Insectario amoroso. Hubo, además, numerosos títulos que evidenciaron progreso por parte de sus autores (como Fragilidad, de Pablo Illanes) e ineludiblemente, hubo lunares, caídas, reiteraciones de fórmulas gastadas (así aconteció con las novelas de Hernán Rivera Letelier, Roberto Ampuero y otros). Como sea, la breve enumeración que antecede, sin ser exhaustiva, nos ofrece, en 2004, un año satisfactorio.

Lo anterior es gratificante por varias razones. Se ha tendido, ahora último, a descalificar en masa a nuestra narrativa moderna y es más o menos corriente hacerlo si la confrontamos con la eclosión de novelistas y cuentistas que hicieron su estreno a principios de los 90. Pero si nos detenemos con calma, podríamos descubrir derroteros algo favorables para las letras chilenas. Dentro de este orden de cosas, es oportuno hacer un paralelo con la prosa de los demás países del continente, reflexionar sobre su literatura y establecer balances preliminares. Por cierto, estamos lejos de las gloriosas etapas de los 60 y los 70, cuando todos leían a Carpentier, Onetti, Sábato, Cortázar, Rulfo, Puig y una veintena más de literatos, cuyos volúmenes eran arrancados de las librerías por miles de personas, en los países hispánicos o en las traducciones a docenas de idiomas. Ahora hay cientos de escritores en nuestras naciones y sólo en coyunturas extraordinarias ellos son conocidos fuera de sus ámbitos territoriales. La globalización nos ha vuelto en extremo provincianos, autorreferentes, insulares; en Chile leemos a los chilenos, en Bolivia se conocen entre ellos; en Guatemala ocurre lo mismo y así, sucesivamente.

En España, por primera vez en los últimos 50 años, hay autores de más peso que los latinoamericanos. Pero, ¿son los argentinos de hoy, o los peruanos, los mexicanos, los colombianos, los venezolanos y cubanos mejores que los chilenos? Categóricamente no. Por citar algunos ejemplos renombrados, Jaime Bayly, Rodrigo Rey Rosa, Juan Villoro, Jorge Volpi, Carmen Boullosa, Rodrigo Fresán y muchísimos más distan de tener un futuro literario asegurado, y su irregularidad, el carácter desigual de sus textos, la planificación editorial que les acompaña, tornan su prestigio en algo inestable y harto frágil. En suma, el panorama chileno es de dulce y de agraz, pero de ningún modo está en los peldaños inferiores de la lengua castellana en cuanto a importancia y valía.

El Nobel, para variar

El máximo laurel de las letras mundiales constituye uno de los enigmas insondables de la literatura contemporánea. Es oportuno recordar que la recompensa ha sido otorgada a figuras tan ignotas como Bunin, Eucken, Heyse, Jensen, Pontoppidan, entre decenas de otros y que no lo obtuvieron Tolstoi, Henry James, Joyce, Brecht, Borges, Ajmátova, Pound... y una eterna lista de increíbles omisiones. Los jueces escandinavos han exhibido vaivenes y oportunismo político: en los años de la Guerra Fría, se favoreció a disidentes soviéticos y se vetó a simpatizantes revolucionarios; en épocas cercanas, se ha optado por causas radicales o movimientos progresistas. Se ha preferido sistemáticamente a los angloparlantes, seguidos por los franceses, los alemanes y los escandinavos (sólo 10 escritores de lengua española han logrado el reconocimiento).

En este marco genérico, puede entenderse la premiación de la austríaca Elfriede Jelinek, poetisa, dramaturga y novelista de cualidades discutibles. Piezas como Burgtheater, La enfermedad o las mujeres ahora, Los hijos de los niños muertos, son estentóreas y en ellas se usan el panfleto, el pastiche y el montaje para denunciar ideologías fascistas y racistas o la opresión de la mujer. La pianista, Deseo y Los amantes están traducidos al castellano y posiblemente le siga ¡Somos pájaros encerrados, Baby!, muy experimental. Con seguridad, Jelinek será muy luego olvidada, tal como ha acaecido con más de la mitad de los laureados con el Nobel. Pero aún relativizando la importancia de esta elección, no se entiende el criterio del jurado nórdico. En este momento, hay una cincuentena de damas de letras superiores a Jelinek: entre otras, Doris Lessing, Ruth Prawer Jhabvala, Margaret Atwood, Joyce Carol Oates y Christa Wolf. Susan Sontag acaba de morir sin recibirlo. Y si se deseara distinguir a prominentes pensadoras del movimiento de liberación de la mujer, estaríamos ante una extensa enumeración.

En cualquier caso, el Nobel, más allá de las polémicas que suscita, puede servir como referente para el público discriminador y quizá para visualizar cuáles son los verdaderos caminos de la literatura en el orbe, por lo general muy opuestos a los gustos de la Academia Sueca. La novela postcolonial inglesa florece, el género policial registra sobresalientes nombres, los norteamericanos ostentan una pujante frondosidad, los africanos y asiáticos presentan ascendentes desafíos, los rusos despertaron para siempre del letargo llamado realismo socialista, en fin, tendremos, por un buen tiempo más, a narradores frescos y todavía desconocidos o escasamente divulgados entre nosotros. En cuanto a la poesía, el escenario global es vasto, dinámico, diversificado y en algunos casos brillante (el recién fallecido Anthony Hecht, Monica Ferrel, John Ashbery, Charles Simic, John Mole, Carrie Etter, Brad Leithauser son apenas botones de muestra en la abundante lírica actual de lengua inglesa). En otras palabras, si salimos del encierro aldeano, podríamos ver un paisaje literario estimulante, animado, provocativo, tentador, muy diverso y contrario a la jibarizada república de las letras criollas.

memoria si se trata de hablar en serio de poesía. Probablemente, ciertos versificadores bisoños con auténtica sensibilidad y discernimiento, persistirán en su vocación y podremos así valorarlos en forma debida. Por ahora, quienes exhiben superioridad sobre sus pares son aún promesas y el tiempo dirá qué pasa con el resto.

La prosa de estos lados

Es indudable que para la literatura nacional, así como para la hispanoamericana, los 12 meses que acaban de transcurrir se sintetizan en un número: 2666, cifra cabalística, misteriosa y de complejos sentidos con la que Roberto Bolaño tituló a su ciclópea novela póstuma. Ese libro era, por supuesto, muy esperado y la recepción que ha tenido ha sido anonadante. Era inevitable que ello ocurriera, dadas las expectativas surgidas con bastante antelación a la fecha en que 2666 estuvo en librerías. Sin tomar en cuenta su obra anterior, Bolaño dejó, en 2666, un legado que será leído y releído, estudiado y reestudiado a lo menos durante la siguiente generación. Este inmenso trabajo narrativo constituye una cantera inagotable de historias, subhistorias, personajes, episodios independientes o entrelazados dentro de la línea argumental del relato, por lo que es imposible resumir esa titánica empresa novelística en unas pocas líneas - o en varias páginas- . Aun cuando sea impracticable, por el momento, decir algo concluyente sobre 2666, podemos adelantar un hecho irrefutable: si Bolaño fue un poeta y prosista nacido en Chile, pero más ligado a México y España que al suelo patrio, 2666 marca un tajante alejamiento en relación a los temas o preocupaciones vinculados con nuestro país. Su ficción postrera posee rasgos totalmente cosmopolitas y ese factor conforma uno de los atractivos esenciales de esta fecunda crónica.

Mucho más cerca de nosotros, hubo gratas sorpresas, afianzamientos de carreras y un término medio bastante parejo. Madre que estás en los cielos, de Pablo Simonetti, probó un fenómeno curioso: la campaña previa al lanzamiento de esta primera novela fue, por una vez al menos, positiva, debido a que estamos en presencia de un libro bien escrito y bien realizado. Hasta siempre, mujercitas, de Marcela Serrano, consolida su producción y es, junto a Antigua vida mía, la mejor creación salida de su pluma. Alberto Fuguet retornó al género cuentístico en Cortos, demostrando que este molde le es propicio. Pablo Torche, con la colección de relatos En compañía de actores, se acerca por momentos al ensayo, aunque posee agudeza e imaginación al servicio de un negro pesimismo. La ley natural, de Gonzalo Contreras, no llega a la elevación de sus grandes novelas - La ciudad anterior y El gran mal- , si bien indica que la calidad de su prosa es indesmentible. Jorge Edwards mantuvo el vigor de su estilo maduro en El inútil de la familia y ha cosechado un sorprendente éxito. La burla del tiempo, galardonada narración de Mauricio Electorat, tuvo adeptos cautivados por el experimentalismo y la simultaneidad de tramas de esa ficción. Cuando florece la higuera, de Jorge Guzmán, es una saga familiar sólida, amena, para lectores más bien exigentes. Los debuts literarios de novelas fueron, en general, reconfortantes. Destacaron Roberto Fuentes con Algo más que esto, Francisco Casas en Yo, yegua, Alfredo Sepúlveda con Las muchachas secretas y la inclasificable Claudia Donoso con Insectario amoroso. Hubo, además, numerosos títulos que evidenciaron progreso por parte de sus autores (como Fragilidad, de Pablo Illanes) e ineludiblemente, hubo lunares, caídas, reiteraciones de fórmulas gastadas (así aconteció con las novelas de Hernán Rivera Letelier, Roberto Ampuero y otros). Como sea, la breve enumeración que antecede, sin ser exhaustiva, nos ofrece, en 2004, un año satisfactorio.

Lo anterior es gratificante por varias razones. Se ha tendido, ahora último, a descalificar en masa a nuestra narrativa moderna y es más o menos corriente hacerlo si la confrontamos con la eclosión de novelistas y cuentistas que hicieron su estreno a principios de los 90. Pero si nos detenemos con calma, podríamos descubrir derroteros algo favorables para las letras chilenas. Dentro de este orden de cosas, es oportuno hacer un paralelo con la prosa de los demás países del continente, reflexionar sobre su literatura y establecer balances preliminares. Por cierto, estamos lejos de las gloriosas etapas de los 60 y los 70, cuando todos leían a Carpentier, Onetti, Sábato, Cortázar, Rulfo, Puig y una veintena más de literatos, cuyos volúmenes eran arrancados de las librerías por miles de personas, en los países hispánicos o en las traducciones a docenas de idiomas. Ahora hay cientos de escritores en nuestras naciones y sólo en coyunturas extraordinarias ellos son conocidos fuera de sus ámbitos territoriales. La globalización nos ha vuelto en extremo provincianos, autorreferentes, insulares; en Chile leemos a los chilenos, en Bolivia se conocen entre ellos; en Guatemala ocurre lo mismo y así, sucesivamente.

En España, por primera vez en los últimos 50 años, hay autores de más peso que los latinoamericanos. Pero, ¿son los argentinos de hoy, o los peruanos, los mexicanos, los colombianos, los venezolanos y cubanos mejores que los chilenos? Categóricamente no. Por citar algunos ejemplos renombrados, Jaime Bayly, Rodrigo Rey Rosa, Juan Villoro, Jorge Volpi, Carmen Boullosa, Rodrigo Fresán y muchísimos más distan de tener un futuro literario asegurado, y su irregularidad, el carácter desigual de sus textos, la planificación editorial que les acompaña, tornan su prestigio en algo inestable y harto frágil. En suma, el panorama chileno es de dulce y de agraz, pero de ningún modo está en los peldaños inferiores de la lengua castellana en cuanto a importancia y valía.

El Nobel, para variar

El máximo laurel de las letras mundiales constituye uno de los enigmas insondables de la literatura contemporánea. Es oportuno recordar que la recompensa ha sido otorgada a figuras tan ignotas como Bunin, Eucken, Heyse, Jensen, Pontoppidan, entre decenas de otros y que no lo obtuvieron Tolstoi, Henry James, Joyce, Brecht, Borges, Ajmátova, Pound... y una eterna lista de increíbles omisiones. Los jueces escandinavos han exhibido vaivenes y oportunismo político: en los años de la Guerra Fría, se favoreció a disidentes soviéticos y se vetó a simpatizantes revolucionarios; en épocas cercanas, se ha optado por causas radicales o movimientos progresistas. Se ha preferido sistemáticamente a los angloparlantes, seguidos por los franceses, los alemanes y los escandinavos (sólo 10 escritores de lengua española han logrado el reconocimiento).

En este marco genérico, puede entenderse la premiación de la austríaca Elfriede Jelinek, poetisa, dramaturga y novelista de cualidades discutibles. Piezas como Burgtheater, La enfermedad o las mujeres ahora, Los hijos de los niños muertos, son estentóreas y en ellas se usan el panfleto, el pastiche y el montaje para denunciar ideologías fascistas y racistas o la opresión de la mujer. La pianista, Deseo y Los amantes están traducidos al castellano y posiblemente le siga ¡Somos pájaros encerrados, Baby!, muy experimental. Con seguridad, Jelinek será muy luego olvidada, tal como ha acaecido con más de la mitad de los laureados con el Nobel. Pero aún relativizando la importancia de esta elección, no se entiende el criterio del jurado nórdico. En este momento, hay una cincuentena de damas de letras superiores a Jelinek: entre otras, Doris Lessing, Ruth Prawer Jhabvala, Margaret Atwood, Joyce Carol Oates y Christa Wolf. Susan Sontag acaba de morir sin recibirlo. Y si se deseara distinguir a prominentes pensadoras del movimiento de liberación de la mujer, estaríamos ante una extensa enumeración.

En cualquier caso, el Nobel, más allá de las polémicas que suscita, puede servir como referente para el público discriminador y quizá para visualizar cuáles son los verdaderos caminos de la literatura en el orbe, por lo general muy opuestos a los gustos de la Academia Sueca. La novela postcolonial inglesa florece, el género policial registra sobresalientes nombres, los norteamericanos ostentan una pujante frondosidad, los africanos y asiáticos presentan ascendentes desafíos, los rusos despertaron para siempre del letargo llamado realismo socialista, en fin, tendremos, por un buen tiempo más, a narradores frescos y todavía desconocidos o escasamente divulgados entre nosotros. En cuanto a la poesía, el escenario global es vasto, dinámico, diversificado y en algunos casos brillante (el recién fallecido Anthony Hecht, Monica Ferrel, John Ashbery, Charles Simic, John Mole, Carrie Etter, Brad Leithauser son apenas botones de muestra en la abundante lírica actual de lengua inglesa). En otras palabras, si salimos del encierro aldeano, podríamos ver un paisaje literario estimulante, animado, provocativo, tentador, muy diverso y contrario a la jibarizada república de las letras criollas.


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