REPORTAJES

Domingo 1 de Febrero de 2009

Las confesiones de Gabriel Valdés a 20 horas de haber entregado el borrador con sus memorias:
El primer gobierno de la Concertación debió haber puesto una lápida definitiva sobre el pasado

En exclusiva, cuenta detalles de su libro que será publicado en julio por Alfaguara.Bendice la candidatura de Eduardo Frei Ruiz-Tagle.No quiere hablar del presente de la DC, pero advierte que la observa sin líderes.Enarbola la importancia de la cultura y del arte en Chile, como también el valor de los militares.Estar preso por política, limpia, sana y lo despoja a uno de tensiones", asegura."Estar preso por política, limpia, sana y lo despoja a uno de tensiones", asegura.

Gustavo Villavicencio Aravena

Vive en el noveno piso de un edificio de la calle Málaga. Un estricto contingente de conserjes se encarga de filtrar a los visitantes. Pareciera ser el único morador del inmueble que recibe visitas, ya que la pregunta es directa: "¿Viene donde don Gabriel?". El ascensor deja justo en la puerta de su departamento, donde la encargada de recibir es su nana Berta, una mujer joven y de apariencia estricta, que bien podría haber sido formada en Londres. La espera es en un hall donde todo es tranquilidad y pulcritud, como sucede en todo el departamento de los Valdés-Soublette. Tranquilidad que sólo se ve interrumpida con la llegada del pequeño Benjamín, un poodle que durante la entrevista se mantiene alerta a la voz de su amo.

La conversación es en una gran sala de estar, donde también se encuentra su escritorio y su centro de comunicaciones: una máquina de escribir manual y un fax de los años ochenta. Se ve relajado, está en pantuflas, pantalones beige y con una camisa cuadrillé manga corta, que se cambia luego para la sesión fotográfica, "ya que la ocasión lo amerita".

Está de paso en Santiago, ya que vino únicamente para una operación a los meniscos de su esposa Sylvia, quien silenciosamente se desplaza por la habitación contigua. La sala está plagada de libros y fotografías, pero se impone un retrato de su mujer pintado por el mismo Guayasamín, quien apenas tardó cuarenta y cinco minutos en dibujarla.

Gabriel Valdés dice que está mejor que nunca, a pesar de que hace un mes se intoxicó en una comida en el sur, lo que lo llevó a permanecer diez días internado en la clínica.

Se ve contento, sin duda, ya que hace menos de veinte horas entregó a la editorial Alfaguara el borrador de sus memorias, que lanzará en julio de este año para celebrar sus 90 años.

"Quiero celebrar mi cumpleaños libro en mano", dice. "Es la historia de un chileno que tuvo la suerte de nacer en una familia que tenía una vida cultural muy rica, que tuvo la suerte de conocer gente muy valiosa, de viajar mucho y reflexionar sobre hechos muy personales que pueden entretener a los chilenos".

Hasta el momento, sólo su editor ha logrado conocer el mundo expuesto en las memorias de Gabriel Valdés. Ningún medio de comunicación ha tenido acceso a los borradores y menos a que su autor cuente algo del contenido. En forma exclusiva, accede a conversar con "El Mercurio" sobre algunos de los tantos temas que abordará.

-¿En qué parte del proceso están sus memorias?

-El texto no está revisado, pero está completo. Este libro abordará desde los tiempos de mis abuelos -todos muy romanos- hasta el día de hoy. Está terminado el borrador, pero todavía no ha sido corregido por la editorial. Igual se me vienen a la cabeza algunos detalles, pero esta publicación no será una obra académica en el sentido de fechas y de exactitudes. Yo relato lo que he visto, lo que he sentido y he conocido personalmente, en Chile, Europa, Asia y todos los lugares donde he estado trabajando. Es más bien una obra personal: mi historia de niño, de mi familia, hasta la última despedida que hice de Roma. Acá en Chile no he hecho nada. Qué voy a contar de aquí, si los problemas políticos ya no me interesan.

-¿Su libro es una despedida?

-Comencé a escribirlo en Roma y me entristecía un poco, porque cuando uno cuenta su vida, uno se da cuenta que la vida pasó y entonces, de tanto mirar para atrás, uno comienza a verse fuera del mundo moderno. Les sucede a muchos que escriben sus memorias, porque indudablemente hacerlo es una despedida. Yo tengo una edad bastante avanzada y me tocó una vida muy interesante, constructiva, variada. No tengo ninguna queja con la vida.

-¿Cómo podríamos definir su obra? ¿Será un libro que causará controversia, será un libro reflexivo...?

-Creo que tengo una visión amplia del mundo, especialmente del sur de Chile. Uno tiende a reducir su mundo: el sur; Valdivia, y Roma. Al final uno escoge la esencia, y yo me quedo con Valdivia y Roma. En Roma viví desde niño, conocí mucho, mis hermanas se casaron allá, de modo que conozco Europa. Viví en Francia también, pero me atrae mucho Italia, sin tener sangre italiana. Contestando su pregunta, creo que con mis memorias no van a quedar desilusionados, pero no es una obra rompiente ni tampoco es literatura perfecta. Sí es sincera y trato de que sea entretenida para el lector. Por eso no quiero que se llame "Memorias"; las memorias siempre son con fechas, son declamatorias y contienen exactitudes, y la vida no es exacta. La vida está hecha de sentimientos, pasiones y recuerdos; la vida es muy rica como para ponerla en fechas y actitudes concretas.

-¿Cómo surgió la idea de escribir sobre su vida?

-Mi abuelo, Ramón Subercaseaux, escribió una historia de 80 años. Yo lo conocí y prácticamente viví con él en la Viña Subercaseaux y vi cómo él trabajaba y me contaba su tiempo. Él fue ministro de Relaciones Exteriores, embajador y senador, y resulta que yo también lo he sido. Me sentí muy cerca de él y he tratado de continuar esa tradición familiar en muchos aspectos, porque los sentimientos y la formación intelectual vienen de esa familia, que eran artistas, pintores, músicos, que rodearon mi juventud y que han continuado, porque yo soy casado desde hace 63 años con una profesora de música y artista (Sylvia Soublette), y tengo un hijo director de orquesta (Maximiano).

-¿Y su participación política será tratada?

-Sí, claro. Yo entré muy joven a un movimiento político, porque en mi casa siempre vi a Bernardo Leighton, que era amigo de mi hermano mayor. Con él ingresé al Movimiento Social Cristiano, partido conservador, en el año 35. Ingresamos con mucho entusiasmo a un movimiento donde también estaban Jaime Eyzaguirre, Julio Philippi, gente muy valiosa. Fui beneficiado porque conocí gente superior. Eduardo Frei, Radomiro Tomic y Jaime Eyzaguirre eran líderes de pensamiento, aunque no todos eran miembros de un partido. Tuve la suerte de compartir desde niño con gente valiosa. Además, seguí el consejo de mi abuelo: "Trata de estar siempre con gente que es más que tú". Hay mucha gente que está con gente parecida y se siente importante porque guía; yo no he guiado a nadie, yo he sido guiado por gente muy valiosa, en Chile y en el exterior, pero sobre todo en Chile. Creo que mi visión del mundo es bastante amplia y he tratado de resumirla en esta historia con un poco de humor, porque si no es muy aburrido.

Su frustrada candidatura presidencial: "Claro que sufrí"

-¿Qué aspectos de la DC aborda en sus memorias?

-El comienzo. Yo estuve en su fundación, participé con Bernardo Leighton, el año 1939, en las elecciones. Fui secretario en San Miguel, formé el partido en Las Condes, fui presidente de la juventud, vicepresidente y después presidente nacional. Estuve en todos los cargos, más bien como servicio que como tentación política para mí. Llegué a ser Senador de la República. Tenía un porvenir muy bonito fuera de Chile, pero me vine porque se murió Eduardo Frei Montalva, a quien yo quería mucho. Pasé muy buenos momentos y muy malos momentos; estuve en la cárcel, cosa que trato de recordar con bastante humor... No usé la política como plataforma para subir y eso me costó en un momento porque me hice a un lado. Fui senador, presidente del Senado, en condiciones que no le pienso contar, porque si no le cuento todo el libro. Creo que ya le he contado mucho...

-¿Sintió que le quitaron la candidatura presidencial?

-Uno está embarcado en una campaña con un grupo de amigos. Es un ideal. Yo había tenido bastante éxito desde un punto de vista nacional e internacional, y pensé que podía seguir siendo líder, pero tuve algunos inconvenientes. Nunca fui ducho en política, nunca formé un grupo de acción y no tuve éxito al final; me retiré para trabajar en elecciones libres, hice viajes muy interesantes por Chile...

-¿El pueblo chileno participaba de sus ideales políticos?

-Me di cuenta de que en el pueblo chileno hay una voluntad por el arte extraordinaria y que la política no agota el sentimiento chileno. Al contrario, creo que los sentimientos políticos del pueblo son muy bajos desde el punto de vista de ambiciones. Sí descubrí personalmente que, desde Iquique hasta Chiloé, donde estuve con los mejores artistas chilenos, la valoración del pueblo es extraordinaria. En Chile, más que los políticos, importan los poetas, los músicos, los escritores; esa realidad social la capté muy bien, y eso me importaba más que mi propia vocación política.

-¿Pero sufrió o no cuando no pudo participar en la carrera presidencial?

-Claro que sufrí, porque uno siempre tiene desilusiones. Nunca tuve ambiciones muy claras ni tampoco tuve odio con nadie, porque felizmente no he tenido un carácter de amargura. Cuando pasó lo que pasó, yo me fui al sur, tuve buen éxito allá por 17 años. Tuve el honor de ser presidente del Senado. Lo de la candidatura fue un tropezón y cualquiera da un tropezón en la vida, pero no me amargó ni me salí. Me di cuenta de que tenía condiciones de liderato para ciertas cosas, pero no en función de un interés personal... No le puedo contar detalles, porque creo que no corresponde, pero le dejo la ventana abierta para que lea el libro.

-¿Leyó el libro de Víctor Farías sobre la DC, donde dice que la cúpula del partido abandonó los postulados de Maritain?

-No. He leído algunas cosas de él. Hoy acabo de ver el libro en la Feria del Libro de la Plaza Perú. No me gusta la forma como él ataca, porque lo hace sin conocer a las personas. Creo que no entendió lo que fue la formación de la Democracia Cristiana ni su intención ni los maestros que tuvimos. He leído el párrafo respecto de los filósofos, y no los entiende para nada. Tiene una formación muy rígida y no comprendió lo que significaba en Chile un cambio fundamental de la estructura política del país. Prácticamente no me interesa su pensamiento.

-¿Cómo ve hoy a la DC, con los problemas que ha tenido últimamente?

-No quiero hablar del punto. La veo estable pero sin líderes.

"Creo que Eduardo podría ser un gran Presidente"

-¿Qué le parece que el PS y el PPD hayan proclamado a Eduardo Frei como candidato a la Presidencia de la República?

-Creo que fue un gran Presidente. Es amigo mío porque fui íntimo amigo de Frei padre. Conozco las virtudes de Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Tengo una gran opinión de él, de su seriedad, de su rectitud. Creo que podría ser un gran Presidente. Espero que tenga suerte, porque las condiciones políticas de hoy día no son las anteriores; se ha perdido mucho la respetabilidad política en general.

-¿Observa un deterioro de la política o de la vida cívica en general?

-En Chile hay una pérdida de ideales, de liderato. La generación anterior está agotada; yo soy el último representante de lo que pasó antes de Pinochet y Allende. Creo que nace una nueva expresión, pero no me gusta la liviandad con que se está tratando el problema político, que está muy sometido a la economía. Yo creo en la política, creo en los ideales políticos, creo en una democracia como la chilena, que fue construida por grandes chilenos como Portales y otros. Creo que hemos tenido un proceso de decaimiento de los ideales.

-¿Es algo que ve sólo en Chile o también en otros países?

-Me da pena que haya una dispersión de América Latina, que haya una introducción de factores personales, semidictadores que hablan de socialismo y no se dan cuenta de que lo que importa es la libertad... Está atrasada la integración; yo trabajé mucho por la integración americana. Con Perú tenemos dificultades, con Argentina tenemos poca relación. No estoy contento por una visión de futuro. Creo que en Chile se están dando líderes nuevos y espero que la democracia se robustezca, pero yo sigo siendo partidario de la libertad política. Creo que primero están los ideales y después la cultura; la participación y la economía son sólo instrumentos.

"Los militares son un elemento muy necesario y valioso en Chile"

-¿Cuál es el Chile que usted sueña?

-A Chile lo veo más en provincia que en Santiago. Creo que Santiago es una ciudad deformada. En cambio, si uno va a Osorno, Concepción, Antofagasta, La Serena... son unidades legítimas a la altura de las personas. Creo que Santiago se desbordó y la distancia cultural que hay entre La Dehesa y San Bernardo es muy grande. Me preocupa eso. Me preocupa que en América Latina la concentración urbana, sobre todo en Chile y México, vaya a destruir la democracia, porque proyecta una distancia sideral entre las personas. Se pierde el sentido de la unidad nacional, que creo hay que considerarla a toda costa. Al final, la unidad nacional está en manos de los militares; ellos son un elemento muy necesario y valioso en Chile. Estamos pasando por un período en que importa más un partido de fútbol que los partidos políticos.

-¿Cómo fue su relación con Pinochet?

-Pinochet me detestó cordialmente. Yo nunca he tenido odios personales, pero él me trató muy mal en una oportunidad cuando era presidente de la Alianza Democrática. Me trató groseramente y me metió preso. Para mí fue un cambio de vida estar preso en la Cárcel Pública. Fue muy importante; creo que fue como un baño. Fue como sacarme de encima toda ambición y toda vanidad. Es importante estar preso por razones políticas, porque uno se limpia. Cuando estuve preso me acordé mucho del personaje francés Papillon, porque estar preso por política, limpia, sana y lo despoja a uno de tensiones.

-¿Y en el trato personal con él?

-A Pinochet lo vi después todos los años que permaneció como comandante en jefe. Tuve que estar con él en la Parada Militar. Conversé con él algunas veces, le reclamé también. Creo que tuvo una actitud bastante positiva desde el punto de vista del trato. Yo no soy rencoroso ni confundo las cosas, pero no quiero hablar más...

-¿Qué sintió cuando se supo que Pinochet había muerto?

-Yo estaba en Italia. No creí al comienzo, creí que era una broma. Cada vez que había una dificultad, él se iba directo al Hospital Militar. Me impresionó el volumen de gente que aparentemente lo acompañó, y eso demuestra que en Chile hay una respetabilidad histórica respecto de los militares. No creo que fuera por él, porque era un hombre bastante opaco desde el punto de vista intelectual, pero sí vi que hubo una manifestación popular muy superior a la que yo pensaba, por todo lo que había pasado en su época... A mí, la muerte de Pinochet no me cambió la vida, porque yo viví diez años afuera durante su gobierno; salí en el 71 y volví el 81. No sufrí. Para mí, la lucha era una lucha por la democracia, no una lucha contra Pinochet. No me envenené con el asunto de Pinochet.

-¿Qué le pareció la manera de conducir el primer gobierno de la Concertación?

-No estuve de acuerdo con algunas cosas que hizo el gobierno; siempre pensé que debió haber un corte más directo en ese momento, cuando ganamos el plebiscito. El primer gobierno de la Concertación debió haber puesto una lápida definitiva sobre el pasado. Haber terminado de una vez para así vivir sin esta seguidilla de acontecimientos que duraron tanto tiempo y con una justicia que se ha desparramado a lo largo de los años. Yo hubiera sido más concreto, pero esa no fue la posición de la Concertación, de manera que no intervine. Hice mis reclamos, eso sí. Algo de eso digo en el libro.

"Creo que con mis memorias no van a quedar desilusionados, pero no es una obra rompiente ni tampoco es literatura perfecta. Sí es sincera y trato de que sea entretenida para el lector".

"En Chile, más que los políticos, importan los poetas, los músicos, los escritores; esa realidad social la capté muy bien, y eso me importaba más que mi propia vocación política".

"Creo que nace una nueva expresión, pero no me gusta la liviandad con que se está tratando el problema político, que está muy sometido a la economía".

"Santiago se desbordó y la distancia cultural que hay entre La Dehesa y San Bernardo es muy grande. Me preocupa eso".

"Para mí fue un cambio de vida estar preso en la Cárcel Pública. Fue muy importante; creo que fue como un baño. Fue como sacarme de encima toda ambición y toda vanidad".

"Mi hermano Francisco podría ser el santo de los mapuches"

-¿Qué rasgos de su hermano obispo, Francisco, aborda en su libro?

-Hablo de lo que vi en Osorno. Él era mucho mayor que yo y cuando uno está en una familia grande, la distancia existe. Él entró al Seminario en Roma cuando yo era muy niño y lo volví a ver cuando regresó al sur. Viajé mucho a pie con él. Atravesamos la Araucanía varias veces y ése fue uno de los motivos por los cuales yo opté por ser senador por esa zona. Mi hermano me hizo caminar gran parte del sur, con menos vocación y con menos aguante. Él se sometía a todo tipo de privaciones: comía mal, alojaba en rucas, se tapaba de la lluvia con su capucha, cosas así... Creo que mi hermano podría ser el santo de los mapuches; su proceso actualmente va muy bien en Roma, todo esto por gestión del jesuita chileno Jaime Correa, que fue quien llevó a los altares a San Alberto Hurtado.

Carta de Roberto Ampuero a la Presidenta Michelle Bachelet:

"Quien conoció el exilio no puede aplaudir a quien exilia y vitupera a los cubanos en la diáspora"

Roberto Ampuero, escritor, columnista y profesor universitario chileno, inició su carrera al ganar, en 1993, el premio de la Revista Libros de "El Mercurio". Sus obras más famosas son las de la serie de aventuras del detective Cayetano Brulé, que incluye el best-seller -censurado en Cuba- "Nuestros años verde olivo".

Excelentísima Presidenta:

Antes que aborde el avión con destino a Cuba, permítame decirle que celebro la honestidad y calidad humana con que Ud. gobierna. No siempre concuerdo con sus decisiones pero, como muchos chilenos, me siento orgulloso de su figura. La razón es sencilla: usted es la primera mujer que llega a la presidencia, sufrió la represión, luchó por la recuperación de la democracia, y desde La Moneda se afana por promover la prosperidad y unidad nacional.

A partir del respeto que me merecen su imagen y la de sus padres es que le manifiesto mi desencanto por su decisión de soslayar, en su próxima visita a la isla, el carácter represivo del régimen castrista, de ignorar a los disidentes y de inaugurar la Feria del Libro de La Habana. Es a mi juicio éticamente censurable, Presidenta, escudarse en el protocolo para ceder ante un tirano que detenta el poder desde 1959, ha sido condenado por violación a los derechos humanos en Naciones Unidas e impide elecciones libres. Alguien que sufrió prisión política, exigió solidaridad mundial y democracia para los chilenos no puede aterrizar en la isla y eludir a quienes se oponen pacíficamente al régimen que jamás ha tolerado agrupación opositora ni voto discordante en el parlamento, y mantiene presos políticos. Quien conoció el exilio no puede aplaudir a quien exilia y vitupera a los cubanos en la diáspora, gente que para entrar a su patria necesita visa gubernamental, tal como los chilenos que portaban la ignominiosa L en el pasaporte. Los cubanos de hoy son el espejo de nuestro pasado, Presidenta. Lo que demandaban los chilenos bajo Pinochet -plebiscito, derecho de asociación, prensa libre, derechos humanos, fin al exilio y la policía política- es lo mismo que hoy anhelan los cubanos. ¿O Ud. cree que tras medio siglo de castrismo, ellos lo refrendarían en elecciones pluralistas? Si para los chilenos 17 años sin libertad fue demasiado, ¿por qué para los cubanos 50 años sin ellas es insuficiente?

Tampoco se entiende, Presidenta, que Ud. inaugure la feria del libro en un país donde reina la censura y centenares de intelectuales -sean Vargas Llosa o Semprún, Zoé Valdés o Daína Chaviano, Arenas o Cabrera Infante, Padilla o Paquito D' River a-, están prohibidos. Allá hay además por lo menos tres libros de chilenos censurados: "Confieso que he vivido", de Pablo Neruda; "Persona non grata", de Jorge Edwards, y "Nuestros años verde olivo", de quien le escribe. Como chileno, me duele que mi Presidenta legitime la política cultural de una dictadura que censura a chilenos. Tampoco resulta congruente que la líder de un gobierno integrado por socialdemócratas, democratacristianos y liberales, se desentienda de la represión de los Castro contra personas de convicción socialdemócrata, liberal y democratacristiana. Desembarcar en La Habana y hacer como si se llegara a San José de Costa Rica constituye el sepelio de la superioridad moral de la Concertación en materia de derechos humanos, despierta odiosas divisiones en Chile y mina la consistencia de los principios democráticos de su sector, que ha tornado la defensa de los derechos humanos en su leit motiv. No se puede condenar a Pinochet y celebrar al mismo tiempo a Castro. Que no la acompañen a la Feria del Libro novelistas chilenos de trascendencia debiera hacerla reflexionar sobre el tema. Hay datos innegables: medio siglo de totalitarismo, represión brutal contra opositores, prensa controlada, presos políticos, 8.000 muertes documentadas, exilio, isla en ruinas. Que nadie diga después: "¡Si lo hubiésemos sabido!".

Hace 2.500 años el gran Tales de Mileto preguntaba: "¿Qué cosas vemos raras veces?" Respondía: "Un tirano viejo". Usted aspira a ver ahora al más viejo del mundo. Lo que Tales no aclaró fue que, aunque viejo y enfermo, el abrazo del tirano con un demócrata siempre mancha el poncho -o la guayabera- de este último. ¿Sabe, Presidenta? Aún anhelo que Ud. exprese en La Habana lo que supongo anida en su alma de luchadora por la democracia: la convicción de que la defensa de los derechos humanos es indivisible y que éstos deben exigirse para todos. También para los cubanos.

Respetuosamente,

Roberto Ampuero

Hay datos innegables: medio siglo de totalitarismo, represión brutal contra opositores, prensa controlada, presos políticos, 8.000 muertes documentadas, exilio, isla en ruinas. Que nadie diga después: "¡Si lo hubiésemos sabido!".



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Foto:andrea robles


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