CULTURA Y ESPECTÁCULOS

Domingo 23 de Julio de 2000


La Guerra de las Papayas

El conflicto en torno al nuevo edificio de tribunales en La Serena tiene dos protagonistas. En un rincón, jugando de visita, el profesional: Cristián Fernández Cox. Aunque no es conocido en la zona, porta un argumento debajo del brazo: el diploma de Premio Nacional de Arquitectura.

En la otra esquina, la alcaldesa Adriana Peñafiel, que reivindica su condición de local. Ella es la autoridad escogida por la comunida y representa la voluntad pública, ella sí sabría, y no el "advenizo" de Santiago, qué es lo que la ciudad necesita para conservar su identidad, su turismo, su historia.

Hay otras aristas en juego. El gremio de los arquitectos se ha dividido entre los patrimonialistas, que no miran con buenos ojos la ubicación del nuevo edificio, tan a la pasada de la Ruta 5 y ajeno a lo neocolonial, mientras los aficionados a los signos de los tiempos celebran que la ciudad reciba los aires del nuevo siglo.

En el mundo de la cultura, La Serena genera polémicas que tienen su origen en la conflictiva figura de González Videla. Pero la verdad es que la riqueza de esa ciudad es mucho más antigua, y se equivocan quienes la subvaloran por asociarla con el mandatario, creyendo que éste "la inventó" como una escenografía.

Los que conocen su historia saben que los mejores valores son muy anteriores. Las nobles iglesias de piedra son coloniales, y las mejores casas son de comienzos del siglo XIX, época en que llegan los carpinteros ingleses atraídos por las riquezas del mundo minero. Estos son los que aportan portadas y elementos clásicos en madera, los que le dan su actual carácter a la urbe, período que culmina en 1855 con la Alameda que se traza en la quebrada de San Francisco.

Por esta matriz precisa, La Serena asumió, como ninguna otra ciudad en Chile, el estilo neocolonial que promovieron desde 1910 el argentino Martín Noel y luego muchos otros, como el poeta y arquitecto chileno Pedro Prado, entusiasmados con el nacionalismo del Centenario. Se levantaron, en este estilo, los Tribunales, el Banco Central, la Estación de Ferrocarril y el Palacio Arzobispal, configurando La Serena neocolonial.

El Plan Serena fue posterior. Este aprovecha fondos que el Presidente Juan Antonio Ríos había previsto para su Cañete natal, pero lo sorprendió la muerte justo cuando pensaba dedicarse a su desarrollo urbano. En La Moneda exhibía, orgulloso, las maquetas de los primeros dos edificios: el de la Gobernación Departamental y el Liceo de Hombres, los únicos que alcanzó a construir. De estilo... neocolonial.

La salud lo frustró y el programa se fue a la ciudad del nuevo mandatario. El aporte a La Serena, obra de Guillermo Ulriksen y Oscar Prager, es urbano. Al limpiar la barranca, crear el parque Pedro de Valdivia, y ubicar algunos edificios nuevos en las alturas visibles desde la carretera y la avenida Francisco de Aguirre, se alcanzó una coherencia que enriqueció a la ciudad más allá de su casco histórico, generó un espectáculo.

El problema del nuevo edificio no es su lenguaje ajeno a lo neocolonial, es su situación privilegiada. Pero hay un tercer protagonista en juego: la ciudadanía. La que pareciera no simpatizar con la obra - según los reportajes de prensa en el lugar- , pero que tampoco comprende, y a esto debieran responder las autoridades, que se venga a denunciar la obra luego de tantos meses de desarrollo de un enorme proyecto financiado con fondos públicos. ¿Le pagarán de nuevo al arquitecto? ¿Quién? ¿Por qué no se criticó antes? ¿Hay que esperar un acto de gentileza del autor para que, manteniendo los espacios interiores, modifique la dura fachada?

Miguel Laborde.




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