ARTES Y LETRAS

Domingo 20 de Enero de 2002

Reseña. La nueva obra de Jorge Eduardo Rivera:
Heidegger, Zubiri y Rivera

CÉSAR OJEDA FIGUEROA

Jorge Eduardo Rivera nos sorprendió en 1997 con la notable traducción al castellano de Ser y Tiempo, de Martín Heidegger, y luego con dos obras contundentes: De Asombros y Nostalgia, el año 2000, y hace sólo unas semanas con Heidegger y Zubiri. Sin embargo, esta sorpresa deja de serlo si se conoce la trayectoria intelectual de Rivera, actualmente profesor titular en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Intentar una reseña del libro Heidegger y Zubiri no es una tarea fácil en un breve espacio. Es del todo claro que se trata de un libro de filosofía: Heidegger y Zubiri fueron filósofos, y el autor, Jorge Eduardo Rivera, también lo es. Sin embargo, esa obviedad, ¿es obvia? Quiero decir: ¿qué es un libro de filosofía? ¿No ha intentado la filosofía durante milenios definir un objeto propio y un método propio, y al parecer no haber obtenido ninguna de esas dos definiciones? ¿No se muestra la filosofía como un montón de sistemas inconexos y de abismante diversidad? Y sin embargo, sin sobresalto alguno, decimos la filosofía, y no las filosofías. Hay aquí tal vez un misterio: el flujo subterráneo y críptico que, sospechamos, constituye la unidad de la filosofía.

¿Dónde podría vivir esa unidad, si es que efectivamente la hay? Tal vez la filosofía viva en el espacio intersticial que une y separa a cada filósofo con todo el resto de ellos y por lo mismo con la tradición filosófica en su totalidad. Espacio curioso, como el del tejido conectivo de un metazoo, que une cada célula con el organismo total, pero que al mismo tiempo, la sostiene y cobija como tal célula: como ella misma. Es evidente que nadie escapa a la historia. Cada filósofo está dentro de la tradición, está afirmado en ella, pero al mismo tiempo es distinto de ella y profundamente único. Quizás si la historia no sea más que la narración surgida de diferencias encadenadas en una red de sentido único: la diversidad atrapada en la urdimbre de una unidad más radical, más fundamental, capaz de sostener la infinita variabilidad de los hombres y de sus heterogéneos esfuerzos por decir y hacer explícito tal sustento.

Heidegger y Zubiri es un libro cuyo tema podría quedar bien representado con la conjunción copulativa y del título, es decir, con la expresión lingüística que, justamente, une y separa. Pero, para alcanzar mayor precisión en lo que decimos, debemos reubicar (transponer, diría Heidegger) la conjunción, y así, pensar ahora el libro como: Heidegger, Zubiri y Rivera, puesto que, en último término, se trata de la filosofía de Rivera, expresada en el modo de interpretar la obra, tanto de Heidegger como de Zubiri. En otros textos esta filosofía ha sido expresada mediante la interpretación de la obra de Heráclito, Parménides, Aristóteles o Platón, y naturalmente, también en aquellos escritos que podríamos llamar directos.

La primera parte del libro, dedicada a Heidegger, toca temas esenciales del pensamiento del filósofo alemán, pero lo hace, principalmente desde palabras en apariencia aisladas que, como puntos nodales, permiten desarrollar la figura predominante de tal pensamiento: por ejemplo, inmediata y regularmente (Zunächst und Zumeist), condición respectiva (Bewandtnis) y ser-cada-vez-mío (Jemeinigkeit). Otros capítulos, a pesar de llevar títulos más desplegados, podrían perfectamente haberse determinado con palabras como verdad (Warheit) , zona (Gegend), giro (Khere) o el silencio (Der Stille).

La filosofía de Rivera

El camino de Heidegger va desde las palabras hacia el silencio, y Rivera es magníficamente capaz de transitar ese camino sobre la base de no más de una decena de términos fundamentales. Creemos que ese camino debiera terminar, ya al borde de tal silencio, con el inquietante lo mismo (Das Selbst): ser, nada, pensamiento, verdad y ratio: lo mismo, dirá al final Heidegger.

La segunda parte, dedicada a Zubiri, toma un carácter algo distinto. Por momentos académico (en el sentido de que las citas ocupan un espacio importante), atendiendo tanto a las raíces y el tronco, como a las más finas ramificaciones de la obra del pensador español: pensador prolijo, preciso y sistemático. El tema de fondo es, naturalmente, la inteligencia sentiente y la realidad. Esta última, el misterioso de suyo que la hace quedar con esa formalidad en el acto de aprehensión sensible. Si en Heidegger el Ser era abismo y sustento , en Zubiri hay una especie de despertar del sueño ontológico: antes del ser, está la realidad. Sin embargo, en el tercer capítulo de esta segunda parte, ocurre algo sorprendente: para poder ilustrar al lector acerca de la situación filosófica con que se encuentra Zubiri al inicio de su camino filosófico y hacer patente su originalidad como pensador, Rivera, sorpresivamente, se desapega de sus maestros y nos entrega la clave para entender no sólo el libro que hoy comentamos, sino el corazón de su manera de hacer y entender la filosofía.

La filosofía no "está allí" sin más - nos dice. Lo que hay son libros, sistemas filosóficos como hechos históricos y culturales, las grandes interrogantes de todos los tiempos y de cualquier tiempo. Pero nada de esto - agrega- es la filosofía sin más. La filosofía se constituye en una actitud determinada. Y, ¿en qué consiste esa actitud? No se trata de una intención, de un mero apronte, de un conato, sino de algo que se hace, que se efectúa: eso que se hace en filosofía es un intento de saber, pero no de cualquier saber, sino de un saber radical. Radical tiene para Rivera dos sentidos. El primero, es que tal intento de saber va a las raíces de todo lo que hay, y por lo mismo, tiene la pretensión de ser universal. El segundo, consiste en que el filósofo no se contenta con enterarse de lo que haya podido decir Platón, Aristóteles o Kant. Quiere examinar por sí mismo lo dicho por otros filósofos, confrontándolo con las cosas mismas en su radicalidad. Sólo es posible apropiarse de la filosofía hecha por otro, mediante el caminar propio a través de esa filosofía hasta la raíz de las cosas mismas. Y en esa lectura, en ese rehacer el camino, surgen imprevistos, atajos y desvíos que, como traiciones fecundas al autor original, generan la diferencia entre un filósofo y otro. De allí que hayamos sostenido en numerosas ocasiones, que sólo merece llamarse discípulo quien, reconociendo maestro, se aleja de él, pero que, al mismo tiempo, lo lleva consigo.

Rivera piensa que ir a las raíces de todo lo que hay, es decir, empezar a radice el filosofar desde uno mismo en medio de la tradición filosófica, hace de la filosofía, filosofía.

Pero, ¿qué es saber desde las raíces? Es saber desde el fundamento. Desde eso que hace que las cosas sean y sean lo que son y como son. Eso decisivo es posible también llamarlo esencia, y al conocimiento buscado, esencial.

Sin embargo, ¿de dónde y cómo surge esta actitud de ir a las raíces de todo lo que hay, de buscar lo esencial y de hacerlo empezando a radice tal proceso desde uno mismo? Ese de dónde, implica una dimensión genética, un origen. El intento de saber radical tiene su origen en una búsqueda, en la búsqueda de algo que nos falta. A eso Rivera denomina necesidad. La filosofía tiene su origen en una necesidad, en una fuerza impelente que - por así decirlo- empuja al filósofo hacia lo esencial. Esa necesidad es otra forma de decir que el filósofo está incómodo, descontento: está desazonado, señala Rivera. Y, la desazón, ocurre frente a todo saber no filosófico, y a lo que no comprendemos: Comprendiendo - decía Jaspers- nos topamos con lo incomprensible. (...) A pesar de todos los saberes que podamos adquirir por vía de la experiencia vital o de las ciencias, del arte, la moral o la religión - sostiene Rivera- permanece obstinadamente en nosotros una oscuridad principal, en la que no logran arrojar una luz definitiva ninguno de estos saberes. Ninguno de ellos nos permite saber las cosas plenamente, y ello por una razón muy simple: que todos esos saberes se deslizan, de una manera u otra, por encima de las cosas; ninguno de ellos es un saber penetrante.

Cabe preguntar a Rivera acerca de la manera en que la filosofía se abre el camino hacia el saber radical, allí donde la experiencia vivida y el saber de las disciplinas científicas y humanistas resbalan por encima. La respuesta tiene que ver con el pensar. El pensar - dice Rivera- es un modo de acometer la averiguación de lo que no se sabe por experiencia: el pensar es un intento por descubrir una verdad, sacarla a la luz y hacerse dueño de ella. El pensar acontece como una vuelta sobre lo ya dado, que deja en suspenso el carácter de totalidad embargada que tiene la vida.

Esa totalidad posee en cada una de sus múltiples dimensiones un momento cognoscitivo, que nos permite el contacto, también cognoscitivo, con cada aspecto de ella. Pues bien, la reflexión pensante consiste, precisamente, en la vuelta sobre ese momento cognoscitivo despojándolo de la carga de realidad que lo embarga: es decir, se trata de realizar una abstracción vital; una suspensión metódica de todo lo que no es estrictamente conocimiento.

Pero, dejemos claro, el pensar es tan acción y tan real como cualquier otra cosa que hagamos. De donde se sigue - concluye Rivera- que el pensar no puede jamás ser lo primero que el hombre hace: el pensar supone siempre esa realidad previa que es la vida y es posible tan sólo apoyado en ella.

Entonces, la filosofía empieza a ser tal antes de que su objeto aparezca, antes de que sepamos en qué consiste lo esencial de las cosas y si hay algo así como tal esencialidad. La filosofía - sostiene Rivera- no es nunca un logro definitivo(...) sino el intento de lograrlo. En suma, ese intento es la 'actitud filosófica', que más que actitud es un acto, una ejecución práxica, cuyo origen es la desazón, es decir, esa inquietud, esa incomodidad radical y aperplejante que aqueja al filósofo, y posiblemente con mayor o menor explicitud, a todo ser humano.

FICHA

Heidegger y Zubiri

Jorge Eduardo Rivera.
Ediciones de la Universidad Católica de Chile y Editorial Universitaria, 241 pp., 2001.


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Tal vez la filosofía viva en el espacio intersticial que une y separa a cada filósofo con todo el resto de ellos y por lo mismo con la tradición filosófica en su totalidad. De izquierda a derecha, Martin Heidegger y Xavier Zubiri
Tal vez la filosofía viva en el espacio intersticial que une y separa a cada filósofo con todo el resto de ellos y por lo mismo con la tradición filosófica en su totalidad. De izquierda a derecha, Martin Heidegger y Xavier Zubiri


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