VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 12 de Julio de 2003


Juan Forch animitas de carretera

Fotografiar animitas, el monumento más humilde en memoria de alguien que ha muerto en descampado, se convirtió en la obsesión de Juan Forch. Le emociona que alguien se transforme en arquitecto y dedique su tiempo e ingenio a darle abrigo al alma de un ser querido. Y le sorprende que hasta la casita más deteriorada por los años, sea protegida por el caminante anónimo.
Texto, Paula Donoso Barros /Retrato, Carla Pinilla Grandé

Hay quienes viviendo fuera del país extrañan la presencia de la cordillera, los más chovinistas añoran incluso las empanadas, pero Juan Forch, al volver, tras varios años en Europa, descubrió que echaba de menos las animitas de carretera. El realizador-publicista-escritor nunca se había fijado especialmente en ellas, pero, al no tenerlas, le hicieron falta.

En ese momento se desató un sentimiento cercano a la obsesión, que le ha acompañado por más de veinte años. En todos sus viajes, desde entonces, lo escolta una cámara lista para registrar la que vaya apareciendo en el camino. Y cuando alguna lo pilla en solitario, vuelve preparado al día siguiente. Reconoce que sus hijas en un tiempo pagaron el costo, con viajes eternos, llenos de paradillas en la berma.

"Hay dos cosas que me llaman profundamente la atención", dice, buscándole sentido a su manía, que se convirtió en "Animitas, templo de Chile", libro editado por Cuarto Propio. "Una, es que sean un monumento mínimo para alguien que ha muerto, pero hecho por alguien que se expresa estética y arquitectónicamente al realizar la casa que quiere para sí o para el otro. Esa persona se convierte en creador, en arquitecto. Y le debe provocar mucho orgullo; aunque sea un monumento fúnebre, debe sentirse muy regocijado de haberlo hecho".

La otra es la preocupación que existe por ellas. "Incluso a las más abandonadas, a las más tristes, a las más deterioradas por el tiempo, siempre hay un caminante que las arregla un poco, que les pone una piedra en el techo para que no se vuele... La animita es protegida por gente anónima. Se la mira con respeto, nadie la raya, nadie patea una animita... la relación funciona dentro de la religiosidad, entendiendo que tiene que ver con una vida que está más allá de la muerte..".

¿Dé donde sale esta cultura de las casitas?

"Hay una teoría, no sé dónde la leí, en la que se plantea que la animita surge como una manera que los vivos tienen de protegerse de los muertos. El factor temor mueve a la construcción. El concepto de casa tiene que ver con el concepto de ánimas en pena, las que no tienen dónde guarecerse. Al morir en descampado y sin la extremaunción, el alma queda vagando. Y al vagar se va a la casa de los vivos. Los vivos no queremos que nos vaya a molestar, entonces le hacemos una casa propia. De ahí la forma de casa, si no, bastaría con una cruz, con plantar un árbol. En otros países he visto cruces, nunca animitas... pero no me atrevo a asegurarlo porque no he hecho estudios. Mi preocupación frente al tema no es antropológica..."

¿Cómo te acercas a ellas sin tener la curiosidad por su historia?

"Me acerco por la imagen, por la fotografía, y eso ha sido una cosa irracional. Mi relación con ellas depende mucho de la luz".

¿Dónde está tu preferida?

"En las fotografías donde siento que pude plasmar algo de ella".

¿Qué sentimiento te provocan: ¿respeto, recogimiento, o es un mero objetivo?

"Les tengo un profundo respeto por lo que representan, por toda la preocupación, creencias, miedos y misterios que envuelven cada una. Nunca he tocado una. No he arreglado ninguna composición. A veces pienso "si esa flor estuviera cinco centímetros más allá...". Pero no está, y punto. No las intervengo, considero que fotografiarlas ya es un acto suficientemente agresivo".

En Manquehue con Alonso de Córdova, hace más de un mes alguien amarra un ramo de crisantemos a un poste... quizás luego aparezca la casita... Aunque en plena ciudad se ven muy pocas.

"Creo que es un fenómeno muy popular. En Kennedy, por ejemplo, hay una animita que no tiene animita. Hubo un accidente y, en ese sitio, en una parte del bandejón lateral, hicieron un jardín. Recuerda el lugar del accidente, quiso ser una animita, pero como está hecho por gente que no se atreve a poner animita... es un jardín. Las clases más altas no se atreven. La gente del pueblo se da la libertad".

¿Sabías que la autopista central considera unificar el diseño de las animitas que hay en ese tramo de la carretera...

"¿Eso es en serio? No tiene sentido. Las animitas no se venden. Se venden sepulturas, pero la animita la hace alguien que en algún momento detiene su vida para pensar ¿cómo la hago? Hay una reflexión y un diseño, así consista en una lata vacía que se convirtió en casita. Hay creación. Se puede pintar la Alameda, pero no puede venir un alcalde a decir hay que pintar las animitas. Sería querer establecer una verdad sobre ellas... Es increíble que este país, que se dedica a uniformar a los vivos, ahora pretenda uniformar a los muertos..."

A lo largo de Chile, ¿se hace evidente la diversidad de sus estilos?

"En las diferentes zonas hay cosas que las van determinando, como el clima, los materiales, lo mismo que en la arquitectura, porque de alguna manera la gente está recreando lo que ve. Y usan los medios que tienen a su alcance: la madera, la tejuela. En el sur son parecidas a la construcción alemana tradicional de la zona; en el norte hay mucho latón y mucho cemento..."

Y azulejos, cuando hay recursos...

"Tengo una por ahí, con una gran terraza en azulejo... Y hay detalles... Normalmente, la animita está de cara al camino, pero en la costa algunas las ponen de lado, para que puedan tener algo de vista al mar. Ese tipo de cosas son preciosas. Lo mismo en el ornato, en el sur son flores naturales, plantas; en el norte, flores de plástico, de papel, lata..."

¿En verdad no sientes ninguna curiosidad por la historia de la animita?

"No me gusta saber de las personas. Hay una que me encanta en el norte, tiene tres puntas, la llamo "Las trillizas", pero es una sola. No tiene nombre, no sé qué paso ahí. Nunca he querido hablar con la gente que las arregla, no la fotografío, me produce pudor. Me gustan sus formas. Como una que es una casa en A, es maravilloso el poder de síntesis. Otra se ubica sobre una columna, un simple tubo de cemento de alcantarillado. Y la animita de naufragio, de playa, vacía mirando el mar, es muy en pena".

Sin embargo, en tu libro sí les hablas a las animitas milagreras, como Romualdito, Marinita y la Difunta Correa. A los personajes públicos.

"Hay dos tipos de textos en el libro, unos donde me refiero a la animita como fenómeno, como experiencia, y otros en los que sostengo una suerte de diálogo con los personajes de la animita, los personajes públicos, los milagreros. Es que en los 80 hice videos de autor con ellos... y ahí me enganché con el tema. Pero las animitas colectivas son desordenadas, es una estética distinta. Desde el punto de vista de diseño, de arquitectura, es menos atractivo. Aunque tienen cosas fascinantes como los escritos".

¿Eres religioso?

"No. Más bien agnóstico. Lo que me inquieta es el tema de las vidas interrumpidas. Más que la vida que tuvo la persona, es la vida que no tuvo. Todo lo que no sucedió. El año pasado publiqué "El campeón", una novela que se basa en una interrupción abrupta de la vida. Habla sobre la muerte violenta de una persona joven, cuya animita existe y nunca he querido fotografiar".

Y si fuera el caso... (sin "desearte mal", claro está), ¿aspirarías a una animita para ti?

"Yo creo que si me la mereciera, lo menos que podrían es hacerme una..."

¿Hay que merecerla?

"Sí, claro. Pero el sólo hecho de morir en esas condiciones te hace merecedor".


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1- "Mi preocupación frente al tema no es antropológica; me acerco por la imagen, en forma irracional", dice Juan Forch.
Foto:Carla Pinilla Grandé


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