NACIONAL

Lunes 14 de Septiembre de 2009

 
Boeninger: esa sencilla razón

 Edgardo Boeninger no se hacía ilusiones con su enfermedad ni pedía explicaciones a nadie por padecerla. En la hora final no pronunció una queja ni tejió ningún sueño. Sabía que las cosas eran así. Carentes de toda explicación. Era consciente, como ninguno, de que la dignidad consistía, ante todo, en aceptarlas. Por eso, en la clínica no se permitió ni la más mínima debilidad: mantuvo hasta el final la misma voluntad sencilla e inquebrantable.

Fue un individuo insobornable y un hombre público como hay pocos.

Opositor a Allende, decano, rector, opositor a la dictadura, ministro, senador, escritor, y, sobre todo, independiente. Alguien que fue ante todo fiel a sí mismo.

A lo que su razón le dictaba.

Eso explica que fuera agnóstico y al mismo tiempo democratacristiano; opositor a Allende, y casi con la misma fuerza adversario de Pinochet; receloso de quienes habían apoyado a la dictadura, pero capaz de reconocer sus méritos; adherente a Frei, pero al mismo tiempo crítico de su programa; un niño más bien solo, pero un hombre lleno de amigos; alguien que asistía a la vida como si fuera un regalo, pero que sabía al mismo tiempo que de un momento a otro se nos despoja de ella.

Las últimas semanas las vivió lleno de entusiasmo por su último libro: "Chile rumbo al futuro". Lo escribió sabiendo -sin asomo de duda- que sería lo último. Y lo que más le gustaba -me lo confesó dos o tres veces en sus últimos días- fue la corrección de estilo que hizo su mujer. Racional, como era, en él el amor estaba indisolublemente atado a la admiración.

Pudimos entrevistarlo el jueves y el viernes, por la tarde.

Entonces no quiso detenerse en sentimentalismos. Los rechazó con una semisonrisa. Sin duda, sabía que iba a morir; pero prefirió subrayar lo que estimaba eran las ideas más relevantes de su libro. Sobre todo la de que la política no es un juego de suma cero en el que lo que uno gana el otro lo pierde, sino un juego cooperativo cuyo secreto consiste en que todos puedan ganar. Por eso insistió hasta el final en que la democracia consistía en darle la razón a la mayoría, pero siempre que primero intentara persuadir a la minoría.

Su insistencia en los acuerdos derivaba de esa convicción profunda: que la razón puede ayudarnos a que las cosas -incluso las inevitables- sean mejores.

Chile le debe buena parte del éxito de la transición. Es seguro que no seríamos lo que somos hoy sin sujetos como Boeninger: personas capaces de abrazar la razón incluso en los peores momentos.

 


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