SIN CLASIFICACIÓN

Sábado 4 de Noviembre de 2006

Entrevista exclusiva a Carlos Fuentes
Estoy viejo para encontrar pretextos para no escribir

El novelista mexicano acaba de lanzar su último libro, Todas las familias felices, y dice que los dioses le han dado energía de sobra: en Londres se levanta a las siete cada mañana y a las siete y media ya está escribiendo. "Soy un holgazán: hago lo que me gusta, escribir, todos los días".

Por Gabriela Esquivada, desde Nueva York

En el estacionamiento del hotel Waldorf-Astoria de Nueva York, la noche del 31 de diciembre de 2005, Carlos Fuentes juega a correr a su esposa. Salta de columna en columna en el sótano, húmedo por sótano y porque los automóviles filtran la lluvia que se vuelve charcos sucios bajo los zapatos. Al fin ella se deja alcanzar y abrazar. Él le pregunta:

­¿Recuerdas, güerita?

Silvia Lemus asiente:

­Cómo no. Cómo no.

Una sonrisa cierra la complicidad. Nada cuenta Silvia de la escena en ese mismo estacionamiento, más de tres décadas atrás, cuando eran novios y miraban el futuro con la arrogancia inofensiva de quien está lleno de sueños. Días tan distintos de esa noche del 31 de diciembre de 2005, la primera Nochevieja que pasaron, acompañados por una pareja de amigos, en la soledad abismal de saber perdidos a sus dos hijos. Carlos había muerto en 1999, a los veinticinco años; Natasha, el 22 de agosto de ese año que terminaba, a los veintinueve.

Ese 31 de diciembre, Fuentes trabajaba en una narración coral que ahora aparece bajo el título Todas las familias felices, cita irónica y acaso también una confesión encubierta. "Todas las familias felices se asemejan, cada familia infeliz lo es a su manera", escribió Tolstoi, y hacía tiempo que al autor mexicano lo rondaban esas palabras con que abre Anna Karenina. En su inventario de ideas y gente y lugares que tituló En esto creo, bajo la entrada "Familia", describió su núcleo de infancia: "Formamos una familia feliz. A los ojos de Tolstoi, pues, no una familia demasiado interesante. Pero ¿quién quiere ser interesante al precio de ser infeliz?".

Su voz en el teléfono no denota autocompasión cuando dice: "Es lo malo de escribir: uno trata de exorcizar algo y al fin lo profetiza". Acaso habla de sí, pero más explícitamente de la violencia y la ciudad, escenografía de los dieciséis relatos que se entrelazan en Todas las familias felices. "Recuerdo que a los veintiún años salía de un cabaret en la ciudad de México a las tres de la mañana y me iba caminando a casa. No tenía miedo. Hoy no me atrevo a salir a la esquina. Recuerdo que cuando viví en Buenos Aires era una ciudad de prosperidad, y hoy veo familias que buscan un bocado en los basureros. En los próximos veinticinco años, el 75 por ciento de los habitantes del mundo vivirá en ciudades y no será posible atenderlos, no habrá servicios, no habrá comida. No habrá nada".

­Usted creció fuera de México, porque su padre era diplomático, y más de una vez habló de su país como territorio imaginario. ¿Por qué narra ahora un lugar realista?

­Cuando escribí La región más transparente, Ciudad de México tenía cinco millones de habitantes; ahora tiene veinte, los que tenía el país cuando yo nací. Con 110 millones, México es hoy el país más poblado de habla española. Un país muy peligroso, lleno de violencia en las fronteras, con narcos y con las maras, pandillas de jóvenes que vienen de Los Ángeles o de El Salvador, se hacen un tatuaje por cada uno que matan y un buen día dejan, como hace un mes, en Acapulco, seis cabezas cortadas en una playa.

Esa violencia es el tema de Todas las familias felices. Lo es en las historias individuales, que ocupan los dieciséis relatos, donde abunda el pesimismo: "Hay gritos de júbilo cuando rocían de gasolina a los policías y les prenden fuego. Doña Medea se une al coro de la alegría. El barrio ha derrotado a la violencia que vino desde afuera con la violencia que viene de adentro", se lee en La madre del mariachi.

­¿Cómo describiría las influencias de este libro?

­Sin la secuencia propia de una novela y sin que encaje en la definición de volumen de cuentos, este libro es una narración coral. De Balzac y de Faulkner hay la búsqueda de un mundo, el retorno de los personajes; Kafka sigue advirtiéndome acerca de la deshumanización; de Cervantes, con sus cuentos y novelas interpolados en Don Quijote, puedo mencionar la combinación de géneros. Pero hay muchísimas influencias más: uno es heredero de una tradición que se hace presente entera en el trabajo.

No en vano Fuentes guarda la comedia humana de sus ficciones bajo el título de La edad del tiempo: cree en la continuidad. "No se puede crear sin una tradición antecedente, y la condición para que la tradición siga viva es crear algo nuevo. En el boom éramos doce escritores, precedidos por un puñado: Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti y muy pocos más. Ahora, en cambio, nos han seguido generaciones cada vez más ricas. En América Latina hoy contamos decenas de escritores muy buenos: Pedro Ángel Palou, Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Xavier Velasco, Cristina Rivera Garza... Tenemos una constelación de talentos que existen en una constelación mayor de los novelistas en habla castellana: de México a Chile, de Argentina a España, y con incursiones en los Estados Unidos, donde hay 40 millones de hispanoparlantes".

La tradición cristalizó en su ser a los veintiún años, en Suiza, cuando observó a Thomas Mann. Lo vio mirar con deseo desesperado a un muchacho, como si representara ante sus ojos una escena de La muerte en Venecia. Aprendió "que en literatura sólo se sabe lo que se imagina", y si bien terminó los estudios de economía que complementaban su grado en Derecho, sabía que su destino era otro. Tomaría la forma de más de cincuenta títulos, entre ellos La región más transparente, Aura, La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel, Terra Nostra, La cabeza de la hidra, Gringo viejo, Cristóbal nonato, Los años con Laura Díaz, La silla del águila. Y le daría muchísimos premios, entre ellos el Rómulo Gallegos (1977), el Nacional de Literatura de México (1984), el Cervantes (1987), el Príncipe de Asturias (1994).

Acaba de regresar a su casa de South Kensington, en Londres, luego de acompañar a su marido en una gira por España y Francia, y en cada punto, con su teléfono móvil, Silvia Lemus se ha ocupado de los requisitos para poner en marcha la Fundación Carlos y Natasha Fuentes Lemus. "Silvia, de quien sigo enamorado después de tanto tiempo", comenta el escritor. "Nos hemos acompañado en las tres décadas que llevamos casados y podemos decir que somos un matrimonio muy feliz, con todas las tragedias que nos han pasado, pues nos han unido más".

Esa unión permite que Fuentes se sienta un Carlos entre dos: su hijo ­artista plástico y escritor­ y el tío que se destacó como poeta antes de los veintiún años, cuando la fiebre tifoidea lo extinguió. "Creo que mi padre me llevó hacia la literatura en honor a su hermano, un joven veracruzano que escribió muy buena poesía y murió cuando marchó a estudiar a México. De manera que yo estoy entre esos dos Carlos y me siento encargado del destino que ellos no tuvieron".

­¿Cómo se manifiesta ese encargo?

­Escribo mucho en función de ellos: ¿qué hubieran pensado, qué hubieran dicho? Eso me da mucha angustia y mucha alegría al mismo tiempo. Es muy paradójico. Están conmigo cuando escribo.

­Algo que sucede, según la leyenda, todo el tiempo y en cualquier lugar.

­En un avión, en un autobús, en una playa. Sí: me basta tener un cuaderno y mi pluma, y escribo. Ya estoy viejo para encontrar pretextos para no escribir.

­¿Cómo hace para vivir en inglés y escribir en castellano?

­Aquí no tengo que decir "Buenos días", "¿cuánto cuesta el periódico?", "por favor, sírvame una sopa": me reservo el castellano para la escritura y para Silvia. En México el idioma se me desgasta un poco en la vida cotidiana. Aquí lo atesoro para la literatura y el amor, y es muy bueno tener un idioma en exclusiva para esas dos cosas.

Dice que los dioses le han dado energía: en Londres se levanta a las siete y a las siete y media ya está escribiendo. Acaso por eso las falanges de algunos de sus dedos están torcidas en la posición de sostener la lapicera y la libreta. "Me siento y cumplo con lo que espero. Es una alegría, no sé si un trabajo. Soy un holgazán: hago lo que me gusta, escribir, todos los días. No sé qué haría si fuera burócrata o chofer de un autobús".

Le sucedió cuando ocupó la Embajada de México en París. Pasó dos años sin producir una sola palabra. Pero cuando el Presidente Luis Echeverría encomendó la embajada en Madrid a su antecesor Gustavo Díaz Ordaz, juntó ideales políticos y deseos literarios y renunció, alquiló una casa y volvió a tomar la pluma y el cuaderno. La sequía regresa todavía, a veces, cuando va a México: "Tomas tequila, comes enchiladas, te levantas tarde".

Pero las más de las veces su estampa es la de una tarde en el Hotel Delmonico de Nueva York, mientras Silvia se arreglaba para salir a comer y Natasha se distraía con su perro. Fuentes escribía en una mesa cercana, ajeno a las voces de las mujeres, a los ladridos, al timbre del teléfono. Acaso acompañado por sus Carlos Fuentes perdidos: "Escribo con una ambición juvenil, que de algún lugar me viene".

­Otros miembros de su familia parecen influir su obra, en particular este libro. ¿Cuánto pesan los relatos de sus abuelas?

­Como crecí en los destinos que tocaron a mi padre, fue importante haber pasado los veranos con mis abuelas en México. Una era veracruzana, de la costa del Golfo, y la otra del Pacífico, de Sonora. Conocí cuentos de las dos costas, pequeñas y grandes historias de nuestra genealogía. ¿Quién, si no es aristócrata o miembro de una familia real, recuerda algo más allá de sus bisabuelos? Sin estas abuelas no tendría memoria de mi propio pasado y un venero inagotable de relatos del que saldrán otros libros, si tengo tiempo de escribirlos.

­Lo volcado en Todas las familias felices y En esto creo ¿anula unas posibles memorias?

­Cuando me alcanza la tentación leo a Chateaubriand, y advierto que no podría escribir buenas memorias. He ido dejando mi memoria en mis novelas: allí está. Es cierto que he publicado libros como En esto creo, y que estoy revisando notas para una colección de retratos de gente que me ha influido: Luis Buñuel, Alfonso Reyes, François Mitterrand, Bill Clinton, André Malraux. Allí podría meter más memoria, pero no me siento capacitado para otra cosa. Creo que el libro de Gabo (Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez), una excelente memoria, llega hasta sus veinticinco años como prueba de que después Cien años de soledad, El otoño del patriarca y todos sus libros hablan por él. Uno puede hablar de su niñez, de sus antepasados, de su familia: hasta allí llega. Y no puede hablar de las mujeres a las que ha querido, por caballero.

De lo que sí habla, y mucho, es de política. Lo apasiona la política internacional, otro tanto la mexicana; el tono de su voz se eleva y se llena de silencios significativos; pasa de largas argumentaciones a un adjetivo cortante, final. "Como escritores, tenemos que cultivar la memoria, la imaginación y el lenguaje. Pero aparte somos ciudadanos, ¿no? Yo tengo mis opciones políticas". En México prefiere la izquierda de Cuahutémoc Cárdenas y el fin de la polémica sobre la elección: "Nos costó mucho construir instituciones democráticas. Y si el Tribunal Electoral decide que el Presidente es Felipe Calderón por el 0,56 por ciento, yo lo respeto. Andrés Manuel López Obrador ha perdido la oportunidad de crear un gran movimiento de izquierda y ganar la elección siguiente".

También sintetizó en un título, Contra Bush, su visión de lo que llama "la Junta de Washington: un grupito de gente que ha usurpado el poder y llevado al mundo a una catástrofe". Cuando se publicó ese libro, en 2004, lo acusaron de odiar a George W. Bush, de exagerar, de seguir resentido porque en 1961 Estados Unidos lo declaró "extranjero indeseable" ­la Revolución Cubana recogía la adhesión de intelectuales latinoamericanos­ y en 1969 le impidió pisar siquiera Puerto Rico. Él argumenta que contaba lo que veía: "Ese gobierno basado en la mentira tenía que comenzar a resquebrajarse, como se está deshilvanando hoy".

­Y ahora que Estados Unidos no la mira, ¿cómo ve a Latinoamérica?

­Me parece formidable que no nos mire, porque cuando lo hace crea conflictos espantosos. Ya pasaron las dictaduras militares, que tenían su raíz en el anticomunismo y la protección de Washington, y hemos logrado avances democráticos en casi todos los países. Ahora la gente pide contenido: "Qué bueno que tenemos instituciones democráticas, pero yo vengo con hambre".

­¿Qué papel tiene la izquierda en ese desafío?

­No es lo mismo Bachelet que Lula, y no considero que Hugo Chávez sea de izquierda: creo que es un criptofascista al que le irá peor que a Juan Perón, porque regalará todo y se quedará quebrado. La izquierda es Lula, en cierto modo Néstor Kirchner, Bachelet, Tabaré Vázquez; pero al lado hay gobiernos de derecha como el de Alan García o el de Álvaro Uribe. En ese mosaico, el futuro de América Latina se juega en el centro: en los compromisos que seamos capaces de acordar en la centroizquierda y la centroderecha para resolver los problemas de nuestras grandes mayorías enajenadas.




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