sábado 27 de noviembre de 2010  
 
Cuando un niño se cree adulto
 
Así son los hijos hoy: cada vez más, muestran síntomas de paridad con respecto a sus padres. Es lo que la psicóloga argentina Claudia Messig, de paso en Chile invitada por la U. Finis Terrae, llama "simetría": un vínculo de igual a igual con los mayores que perjudica el desarrollo de los niños, sus estudios, sus proyectos vocacionales y sus emociones. Aquí, tres casos.  

Por Camila Gutiérrez Berner  Alguna vez un NO significó -realmente- un NO. Alguna vez la idea del padre lejano y retón, fue la idea de cómo tenía que ser un padre. Alguna vez, hasta los años 60, cuando los hijos de esos padres autoritarios, que tuvieron abuelos y bisabuelos autoritarios, cuestionaron el modelo y respondieron con uno nuevo, que transmitieron a sus hijos. Uno en el que los niños toman una posición de igual a igual ante sus papás, se sienten adultos y la línea que los separa se hace tan difusa que el rol de padre y el de hijo dejan de diferenciarse. Y de eso, dice la psicóloga y socióloga argentina Claudia Messig -autora del libro Simetría entre padres e hijos- surgen un montón de problemas.

Un caso: Constanza cree que tal vez es culpa suya. Por haber sido tímida de chica o por asustarse demasiado con todo o por ver películas de terror embarazada de Javier. Cree que Javier es como es por un asunto de imitación y herencia.

Hace diez años, cuanto tenía 23, se casó con Rodrigo. Una de las cosas en las que estuvieron -y han estado- de acuerdo es que, a sus niños, no les iban a pedir tanto como sus papás les pidieron a ellos. No iban a ser de la clase de padres que ponen reglas para todo o que callan a sus hijos en la mesa. No iban a interrumpirlos.

Constanza se acuerda. Una vez, el año pasado, mientras hacía un magíster de literatura fuera de Chile, estaba con Rodrigo y unos amigos. La escena es así: Javier, de 9, aparece en el living con sonrisa de foto y empieza a conversar, a conversar y a conversar. Los invitados se miran sin saber qué decir ni qué hacer con este niño que parece creerse el centro del universo y que trata de hablar como grande, pero que -dice Constanza- no puede ir al kiosco de su colegio a comprar solo.

La mezcla de hiperdependencia y de querer aparentar ser adulto no es rara. Claudia Messing dice que es común que los niños se crean autosuficientes, a la vez que no puedan hacer nada sin los papás. Porque los papás -al no poner límites- terminan pareciéndose a sus hijos. Y ellos, al sentirse parecidos a sus padres, no los ven como figuras protectoras y se vuelven muy asustadizos. 

Cuando Javier -que va al siquiatra desde hace dos meses- quiere comprar algo en el kiosco del colegio, le pide a un compañero que vaya con él. Para no contarle que le da vergüenza ir solo, usa una estrategia: lo invita a comerse algo. Cuando quiere comprar cerca de la casa, llora hasta que Constanza lo hace por él. El hiperdependiente se sale con la suya, dice Messig: es el primer síntoma de un pequeño tirano. 

La frontera entre la tiranía y la dependencia es frágil. Constanza le ha pedido a Javier que haga las tareas cuando llega del colegio y que ordene la pieza. Se lo ha dicho mil veces. Pero al volver de hacer clases en la universidad, dos horas después de que Javier llega a la casa, lo encuentra todavía con uniforme, viendo tele, jugando o haciendo nada, y siempre entre kilos de desorden. Constanza admite que termina ella ordenándole la pieza a su hijo. "Gasto más energía en pelear que en recoger las cosas. Pero me ha pasado la cuenta, porque ahora tengo un demonio".

Una amiga le contó a Emilia que iría al concierto de los Jonas Brothers. Mejor aún: iría a la parte VIP. Entonces a Emilia, como si le hubieran inyectado una idea, le pareció que lo que más deseaba en el mundo era ir a ese concierto. Lo pidió, lo pidió, pero su papá le dijo que no. El escándalo que siguió fue, por supuesto, épico.

Claudia Messig explica que cuando un niño cree que es más grande de lo que realmente es, es fácil que se frustre. Al verse a sí mismo como un adulto, piensa que puede hacerlo todo y -cuando se da cuenta de que no es así- viene la decepción. 

La historia de Emilia es como varias: papás que trabajaban hasta tarde, mientras pasaba todo el día con una señora que la cuidaba y hacía cualquier cosa por ella. Si Emilia quería un helado, la mujer corría por el helado. Si Emilia no quería comer, no comía. La cuidadora era el modelo de autoridad con la que se topaba todos los días.

Cristián Arriagada, papá de Emilia, dice que cada vez que su hija juega con amigas, quiere mandar. Si las otras niñas no hacen lo que ella quiere, viene el drama. Y más: a veces la frustración desborda los límites de la relación con los amigos o con los padres. Según Messig, esto viene después de una autoexigencia desmedida de los niños. Emilia, que va en el colegio alemán Thomas Morus, se pone muy nerviosa antes de las pruebas, cuenta Cristián. Y, con nueve años, si le va mal es como si hubiera fracasado en la PSU.  

Su papá recuerda: "El otro día se sacó un 3,9 y estaba descompuesta. Se puso a llorar y no había cómo consolarla. Todos los que estábamos alrededor le decíamos que filo, que no importa, que más adelante le iba a ir mejor. Pero ella empieza a autocastigarse. Y dice: 'soy mala, soy mala, soy mala'".

La mamá de Narobi Baeza era de las tremendas. Enfermera de la Fuerza Aérea, sólo le daba permiso hasta las 11 de la noche cuando tenía 20 años, le escogía la ropa, le imponía ideas sobre el valor de la virginidad y -más que ponerle límites- tomaba las decisiones por ella. 

Medio enamorada y medio arrancando de la casa, Narobi se casó a los 20 -hace 15 años-, tuvo un hijo poco después y decidió que nunca iba a ser como su mamá. Dice: "Siento que cuando los niños salen de tu guata sólo puedes criarlos y amarlos, pero no les puedes cambiar su personalidad".

Según Claudia Messig, los papás de ahora no ponen límites porque sus propios padres fueron demasiado autoritarios. Para ella, la falta de límites no es -solamente- sinónimo de dejar hacer cualquier cosa. Es, sobre todo, no diferenciarse de los hijos y que ellos sientan que son tan adultos como sus padres. 

Así que Narobi deja que sus niños -hoy de 7, 11 y 14 años- se corten el pelo como quieran y se vistan como quieran. Que incluso se pongan sus propios horarios y que falten a clases. Por eso, ha tenido varios conflictos con el colegio al que asisten sus hijos en Pucón -vive allí desde febrero-. Y, por eso, aunque a ella le parezcan fantásticos, a algunas de sus amigas les parece que los niños de Narobi son -un poco- insufribles. 

-A los chilenos mayores de 40 les patea en el hígado cómo son mis hijos -reconoce.

Una vez, Narobi puso en el muro de su Facebook un comentario sobre el conflicto mapuche. Una amiga le comentó que era un tema difícil y que no era llegar y decir algo. André, el hijo mayor de Narobi -que, dice su mamá, hablaba de política exterior a los 10 y lee a Dante desde los 14- se metió en la discusión y escribió casi un testamento sobre el tema y remató: "Tía Vero: deberías informarte más, porque tienes una parte muy sesgada de la información".

La amiga le dijo a Narobi que cómo podía dejar a su hijo ser así. Y "así", no significaba nada bueno.

-¿Alguna vez le ha pasado la cuenta tanta libertad?

-Claro, porque se igualan conmigo. Ellos saben que tienen voz y que tienen derecho a decir lo que piensan y que no los puedo mandar ni a la cama ni a la cresta. 

A veces, le dan ganas. Después de haber tenido empleada toda la vida, Narobi se separó, llegó a Pucón y tuvo que hacer todo ella. Se repartió las tareas de la casa con sus hijos, hasta que André le dijo:

-Nosotros hacemos muchas más cosas que tú y tú eres la mamá. 

Y ella, que trabaja todo el día como terapeuta gestáltica, le respondió:

-O hacen las cosas ustedes o queda la cagada.

El asunto se resolvió de manera simple: la casa sigue desordenada. 
 Cinco problemas y una (posible) solución1 YO PUEDO (Y ME FRUSTRO)

Los niños de cuatro años que usan palabras de grande y los sabelotodo -que parecen adelantados a su edad-, pueden ser el centro de las reuniones familiares y el orgullo de los papás. Pero, según Messig, hay que andar con cuidado. Si un niño actúa así es porque no diferencia su papel de hijo del papel de sus padres y está impulsado, inconscientemente, a creerse más grande de lo que es. Y como se siente grande, se siente completo; como se siente completo, se olvida de que equivocarse y fracasar es normal, y -como se olvida de todo eso- no es capaz de aceptar críticas de sus papás ni de sus profesores. Luego se vuelve hiperexigente, no tolera el error y se desmotiva.

2 TODO ES LO MISMO

"Antes los chicos querían ser grandes. Ahora, ya son grandes", dice Messig. Los niños y adolescentes pierden de vista la jerarquía grandes-chicos y, esa pérdida, hace que sea casi imposible que sepan qué cosas son más y menos importantes en distintos temas. Por ejemplo, les cuesta estudiar, porque no son capaces de saber qué es lo más relevante y qué es lo menos relevante de lo que dijo el profesor o de lo que aparece en un texto.

3 HIPERDEPENDIENTE, PERO AUTOSUFICIENTE

Hay un tipo de niños y adolescentes que necesitan a los papás para todo: llamar por teléfono, hacer las tareas, averiguar algo. O que son incapaces de irse a un camping con el curso y alejarse de la casa. La razón, según Messig, es que al sentirse iguales a sus padres no los ven como personas que los puedan cobijar, se vuelven asustadizos e internalizan el miedo al mundo exterior. Por eso los papás se sorprenden cuando el mismo niño, por creerse adulto, se siente independiente emocionalmente. Messig explica: "Si tienen un problema, lo consultan igual pero, por dentro, creen que tienen que poder solos".

4 OFFLINE DEL MUNDO

Parece una contradicción: mientras más parecidos a sus papás se sienten, más buscan diferenciarse de ellos. Para lograrlo, se desconectan emocionalmente, sobre todo cuando son adolescentes. No es raro que estos hijos pasen pegados al computador o que sean muy apáticos. El problema, dice Messig, es que para poder encontrar algo que los conmueva y los haga vibrar un poco, hacen cosas al límite, como tomar demasiado alcohol o manejar muy rápido. 

5 BULLYING

La 2° Encuesta Nacional de Violencia Escolar muestra que, en Chile, el 36,6 por ciento de los alumnos dice que ha recibido alguna agresión en su colegio. Y que las denuncias por maltrato escolar aumentaron en 12 por ciento entre 2008 y 2009. Para Messig, la violencia entre los niños y jóvenes también es culpa de la simetría entre los hijos y sus papás, porque un niño desconectado emocionalmente es incapaz de ponerse en el lugar del otro y le cuesta registrar la agresión como tal.  

6 NI PAPÁS MUY AMIGOS NI PAPÁS ENOJONES

¿Cómo sobrevivir a esto? "Es cierto que faltan los límites, pero ponerlos a un chico simétrico es distinto a ponerlos a un chico de antes", dice Messig. No se trata de transformarse en un papá dominante o inalcanzable, ni de gritarles a los hijos. Tampoco de convertirse en un amigo más y dejarlos hacer lo que quieran. Lo que hay que alcanzar es un equilibrio de los difíciles: ser firme, pero sin ser autoritario. Los límites deben ponerse haciendo responsable a los hijos de lo que hacen y de las consecuencias que puedan tener. Nunca hay que enfurecerse. Porque un papá autoritario, que pierde el control, puede causar -finalmente- un efecto parecido al de un papá que deja hacer: si se enoja demasiado se pone de igual a igual a su hijo. Y así, es imposible salir de la simetría.

Por Camila Gutiérrez Berner.

   
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