domingo 16 de mayo de 2010  
Claudio Lucero
El gran maestro
 
Dolorosamente honesto, tozudo a rabiar y meticuloso en extremo. Es amigo o enemigo. Con Lucero no hay matices. Como en la montaña, donde a él le gusta jugarse la vida desde hace más de 60 años. Sin embargo, hasta sus detractores coinciden en una cosa: como formador de montañistas, se ha ganado un lugar en la historia de este deporte en Chile.  

Por M. Soledad Holley El Tártaro. Así lo llaman sus antiguos compañeros de montaña desde el día en que decidió montar a pelo una mula para ir a socorrer a los amigos que habían quedado rezagados. Estaban en la zona de la Melosas, en el Cajón del Maipo. Lloviznaba. "El agua le corría por el torso desnudo y por la cara, que ya comenzaba a curtirse por el sol y el hielo de la montaña. A eso súmale sus ojos medio rasgados y una actitud guerrera y tienes al Tártaro", recuerda Rubén Lamilla, con quien compartió excursiones a los cerros de Santiago, y quién lo acompañó en el primer ochomil que alcanzó una expedición latinoamericana: el Gasherbrum II.

Ha pasado más de medio siglo desde el día en que Claudio Lucero se hizo conocido como el Tártaro. Hoy tiene 77 años y, aunque ya no va de torso desnudo por los cerros, sigue con la misma actitud férrea.

"Soy un vago", dice mientras enciende una aromática pipa en el ordenado living de su casa, en Matta con Portugal. "Me gusta vagar por las montañas libremente. Eso me da la sensación de vivir de verdad".

Lucero comenzó sus andanzas por los cerros cuando era muy joven, en Iquique, impulsado por su padre, quien forjó en gran medida esa meticulosa y ordenada personalidad. Con él aprendió lo que llama "el arte de la excursión". "Hay gente que va de camping en Chile porque le sale más barato veranear, pero contaminan y destruyen. Mi padre me enseñó la vida de camping de verdad: la alimentación, el vestuario, el equipo necesario, sin destruir el entorno".

Cuando llegó a Santiago, se sintió un poco perdido en todo ese cemento. Rápidamente ingresó al club andino Mañke, donde se formó: "Con muy poca metodología y mucho romanticismo, los viejos nos enseñaron la montaña".

Compró sus primeros zapatos y mochila en la Casa Alpina, de la calle Nueva York. "Era la única tienda de artículos de montaña en Santiago, así que era difícil encontrar un piolet", recuerda mientras exhala una bocanada de humo. "Subíamos al cerro con lo que teníamos: tres chalecos de lana, un chaquetón encima, varios calcetines, unas frazadas cosidas a modo de saco de dormir y listo".

Su amigo Lamilla agrega: "Era una aventura. Capeábamos clases los sábados en el liceo Balmaceda, y partíamos con carpas agujereadas, ollas tipo marmita y un anafre que le sacábamos a la mamá".

Durante los 50 y 60, Lucero se dedicó a subir cuantos cerros fuera posible y formó parte del Cuerpo de Socorro Andino. "Me entrenaba para ir a buscar niños muertos en la montaña", explica con cierta rabia. Por eso decidió que era mejor enseñarle a la gente, "porque es imposible impedir que ellos vayan a los cerros, como a veces pretenden algunas autoridades".

Para prepararse él mismo, partió a los bosques del Cáucaso, en la ex Unión Soviética, donde hizo durante ocho meses cursos de instructor y rescatista de montaña. Después pasó por Grenoble, en Francia, para aprender de las escuelas alpinas, y con esos conocimientos volvió a Chile en pleno gobierno de Salvador Allende, dispuesto a crear la Escuela de Montaña de Chile.

"Le dije al presidente que cada chileno debía ser un montañero, porque si algún día teníamos que defender la Patria sería en las montañas", recuerda. "Y le gustó mi discurso, porque dispuso que la Junta de Auxilio Escolar y Becas me diera comida, que la Oficina de Emergencia me prestara carpas y que el Ministerio de Educación me facilitara buses para llevar a los niños de escasos recursos al cerro. Llegué a tener 4.000 jóvenes acampando al mismo tiempo".

En la época de Pinochet se exilió en México, donde también se dedicó a enseñar montañismo. Regresó a Chile en los 80 para consagrarse como maestro en la escuela de montaña que formó en la Universidad Católica. Fueron años de gloria, con cursos repletos de alumnos ávidos de sus conocimientos. Conocidos montañistas como Rodrigo Jordán, Mauricio Purto y Ernesto Olivares se formaron bajo su alero.



Sus discípulos

Jordán se refiere a Lucero como "el maestro". "No es sólo profesor de una técnica, sino de una forma de vida. Él te acompaña en la montaña y te dice 'hágalo usted mismo', pero te corrige para que lo hagas bien. Este tipo de enseñanza te empodera, te da la capacidad de equivocarte y de aprender del error. Es el mejor profesor que he tenido".

Incluso Mauricio Purto, con quien se distanció a lo largo de las décadas, es categórico al hablar de él: "En sus 70 y tantos años, Lucero, maestro de varias generaciones de andinistas -entre las que me cuento-, dio así una muestra más de su increíble vitalidad y rusticidad, aquella que me hizo enamorarme del maestro cuando hacía mis pasos en la montaña como estudiante de medicina de la UC. Con Lucero hice mi primer descenso en cuerda doble, apoyado por su presencia como una confianza ilimitada: un don de los grandes de espíritu", escribió en una columna suya en El Mercurio.

Lucero enseña con el ejemplo, y eso queda marcado a fuego. En las salidas a los cerros que circundan Santiago, a eso de las seis de la tarde, cuando los alumnos ya se habían tomado toda el agua que llevaban para el día y estaban sedientos, él sacaba su cantimplora de dos litros, todavía intacta, y se daba un baño frente a ellos. "El agua es personal, jóvenes", les decía. "Era una lección dura", ríe Jordán, "pero no se te olvida más que el agua es vital y que uno tiene que cuidarse primero para asegurar al resto del grupo".

Lucero tiene una explicación pragmática para el éxito de su escuela: "El curso era con nota y el joven tenía que ser responsable para no perjudicar su promedio. Era una escuela de verdad y se pudo formar con disciplina. Fueron 20 años de buenos montañeros", dice con nostalgia: la Escuela de Montaña UC no existe más.

Sus códigos

Claudio Lucero es de ideas fijas. Una de ellas es que el montañismo es una actividad de amigos. "No voy con desconocidos a la cordillera", dice. De hecho, ha rechazado expediciones porque la gente que va no le gusta.

Tiene fama de conflictivo y pesado. Una ex alumna suya lo escuchó cuestionar, asombrada, a los rugbistas uruguayos que sobrevivieron al accidente aéreo en Los Andes: dice que si hubieran querido salir de ahí antes lo hubieran hecho. Luego de visitar Constitución para dar charlas motivacionales tras el pasado terremoto, apuntó contra los damnificados que sólo esperaban ayuda pública: "Vi a unos muchachos de 16 o 17 años que todavía no tenían clases; dormían hasta tarde, al mediodía iban a la cola para almorzar, vagaban toda la tarde y a las 7 se ponían de nuevo en la fila para esperar un plato de comida. ¡No hacían nada productivo por reconstruir!".

Jordán explica: "Su defecto y virtud es que no se guarda nada, no tiene filtro, y por eso hay mucha gente que no lo tolera". Y agrega: "Los códigos de la montaña son claros y simples, ahí está en su medio. Sobre los 4.000 metros la convivencia con él es espectacular, porque tiene un manejo único de lo que ocurre en la carpa, te acoge y te acompaña como nadie".

Es así como ha conseguido detractores tan apasionados como sus seguidores. Una de las críticas frecuentes es que tiene una vasta experiencia en ascensiones, pero sin demasiados logros. Su máximos éxitos incluyen los montes McKinley de Estados Unidos, Elbrus de Rusia, el Aconcagua y cinco veces ha llegado a la cima del Ojos del Salado, en Chile. Además, estuvo en cuatro intentos chilenos de alcanzar el Everest, incluyendo el exitoso de 1992. Y fue parte de la primera expedición chilena y sudamericana en alcanzar un ochomil: llegó a la cumbre del Gasherbrum II, junto a Gastón Oyarzún, en 1979. Pero incluso sobre ese logro se han esparcido dudas.

Lamilla, quien integró esa expedición con Lucero, explica que la polémica surgió cuando el famoso montañista Reinhold Messner vino a Chile y, al ver la foto de Lucero en la cima del Gasherbrum II, dijo -según Lamilla- "pero si ésa no es la cumbre". Messner había alcanzado la cima cuatro años antes que los chilenos.

"Pero yo le creo a Lucero. Tengo mucha confianza en Claudio y en lo que él dice", enfatiza Lamilla.

El mismo Lucero, enfrentado a estos cuestionamientos, dispara: "En el ambiente de montaña hay bastardos, que son los que viven diciendo que ellos son los que valen y el resto no sirve para nada. Pero yo no les hago caso".

Instalado en su sillón, pipa en mano, Lucero asegura que a la hora del balance le importan más las aventuras que los récords.

-¿Y cuál ha sido su mejor aventura?

"Fue en Chile, en la década del 60, cuando cruzamos los hielos patagónicos con un grupo de amigos del Mañke. Un barco de la Armada nos dejó en el fiordo Témpanos, rodeados de acantilados y hielo. Y después de cien días en el hielo aparecimos en el lago O'Higgins. No había puntos de referencia, no teníamos GPS ni ropa Gore-tex. Es la expedición de mayor aventura que he tenido en mi vida. No había cabida para el fracaso. O triunfábamos o nos moríamos".

-¿Y eso no es desapego a la vida?

"Es vivir la vida. Yo amo la vida, y por eso me la juego".



"Lucero te acoge y te acompaña como nadie", dice Rodrigo Jordan sobre su maestro.




 

Por M. Soledad Holley.

   
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