"Más que amigos, éramos una familia". Así describió Víctor Möller la relación que tenía con Diego García de la Huerta, Ricardo Marín Undurraga, Sebastián Pérez Arrieta y Felipe Eguiguren Stuven, las cuatro víctimas fatales del accidente aéreo ocurrido el lunes en las cercanías de La Serena.
Junto a Pablo Burgos y Juan Cristóbal Fernández formaron un grupo de siete amigos inseparables desde sus días de colegio, cuando tenían diez años. Diego García de la Huerta era el único que no estudiaba en el Colegio Apoquindo de Manquehue, pero conoció a Felipe Eguiguren cuando vacacionaban en Zapallar y éste les presentó a los otros seis.
Pese a que entraron a distintas universidades y a diferentes carreras, una vez egresados siguieron juntándose los fines de semana. "Éramos un grupo de aventureros, llenos de panoramas. No éramos de los que se sientan en un pub sólo a conversar, siempre estábamos inventando cosas", contó a "El Mercurio" Víctor Möller.
Es por eso que el viaje a la Cuarta Región para ver el Rally Dakar, que terminó en tragedia, no sorprendió a Pablo Burgos. "Ese actuar impulsivo y extremo me calza perfectamente. Así éramos", dijo.
En sus 25 años de amistad fueron testigos de los matrimonios de cada uno y de los nacimientos de sus hijos. Todos conocieron en su tiempo de universitarios a sus parejas y juntos formaron una gran familia.
En vacaciones arrendaban casas en la playa para vacacionar todos juntos, e incluso hace cuatro años viajaron a Cuba con sus parejas.
La última vez que los siete amigos se reunieron fue en noviembre pasado, cuando celebraron los 18 años de egreso del colegio. Allí comentaron los planes que tenían para este año.
García de la Huerta, quien trabajaba hace diez años en Viña Sutil, quería extender su negocio. Pensaba en un ambicioso proyecto de plantaciones en la zona de Los Ángeles.
Era un enólogo exigente y sabía del buen gusto del vino. Por eso vivía en Colchagua. Para estar más cerca de las plantaciones de uva. Su esposa, Pilar Rojas, y sus tres hijos lo acompañaban. Este año, la familia crecería, pues esperaba a su cuarto hijo.
Felipe Eguiguren era ingeniero civil y trabajaba en la Inmobiliaria Incael. Junto a su esposa, María Elena Valenzuela, planeaban cambiarse a la casa que construyeron en La Dehesa, lo que los tenía profundamente entusiasmados, según contó la suegra de Eguiguren, Elena Zabagh.
Sebastián Pérez, "El Flaco", trabajaba en marketing de la empresa Net Line. Este año quería estudiar un magíster y viajar con su esposa, Carolina Pellegrini, a Italia o Australia.
Ricardo Marín, este año se dedicaría a hacerle a arreglos a su campo en Santa Cruz y compraría monturas para sus caballos. Trabajaba como ejecutivo senior en la empresa Larraín Vial. Su esposa, Isabel Muzzo, lo describió como "un excelente papá que vivió por sus hijos. Fue un muy buen marido. Vivió para tener una vida familiar".
El accidente tomó por sorpresa a Víctor Möller, Pablo Burgos y Juan Cristóbal Fernández. "Es difícil pensar cómo seguiremos ahora que hemos perdido a cuatro de nuestros hermanos", reflexionó Burgos. Möller aseguró que "ahora somos una familia que quedó coja".
Ayer, al anochecer se realizó una misa en memoria de los cuatro amigos en la Iglesia Santa María de Las Condes, a la cual asistieron familiares, amigos y ex compañeros de colegio. Hoy, los cuerpos serán trasladados desde La Serena hasta la Región Metropolitana. Sus funerales se efectuarán este jueves.
"Perder a un amigo, que era como un hermano, es muy difícil; pero perder a cuatro es devastador. Somos una familia que quedó coja".
PABLO BURGOS
COMPAÑERO Y AMIGO DE LAS VÍCTIMAS
FELIPE EGUIGUREN STUVEN (36 AÑOS)
Era el más creativo y el que armaba panoramas para el grupo. Desde niño le gustaron los aviones, los que fabricaba con papel. Con el tiempo los aeroplanos se convirtieron en su hobby y pasaron a ser parte permanente de su colección de juguetes, junto a lanchas y jeeps a control remoto.
SEBASTIÁN PÉREZ ARRIETA (37 AÑOS)
Deportista desde pequeño. Practicaba atletismo en el colegio, lo que le significó el reconocimiento de todos sus compañeros. Incluso ingresó a estudiar Ingeniería Comercial a la Universidad de Chile gracias a su beca de deportes.
RICARDO MARÍN UNDURRAGA (36 AÑOS)
Se autodenominaba "el fundador del Apoquindo", pues fue el primero que entró al colegio. Era amante de los animales y no era raro que llamara a sus amigos para contarles que había comprado un perro de raza excéntrica o que había adoptado una nueva mascota.
DIEGO GARCÍA DE LA HUERTA SUTIL (36 AÑOS)
Fanático de las viñas y de las motos, incluso más que de los aviones. El campo lo apasionaba y por lo mismo estudió Agronomía. Era un líder innato y quien escuchaba a sus amigos cuando necesitaban desahogarse.
Anoche, en la iglesia Santa María de las Condes no había donde poner un pie. Mucha gente tuvo que escuchar la prédica en el patio del recinto religioso y al momento de comulgar se formaron cuatro largas filas al interior. Las muestras de cariño para Sebastián Pérez, Felipe Eguiguren, Diego García de la Huerta y Ricardo Marín no se hicieron esperar.
A la ceremonia que empezó a las 20 horas y que fue organizada por sus familiares y amigos asistieron alrededor de 300 personas. Durante la prédica, el sacerdote que celebró la eucaristía se dirigió a las esposas de las víctimas. Dijo entender lo duro que debe ser pasar por una pérdida tan repentina y grande. "Palabras para consolar a las esposas no las tengo", manifestó.
Está previsto que mañana se realicen los funerales. El de Sebastián será a las 10 horas en la parroquia San Juan de Vitacura. A las 11 horas se llevará a cabo el de Felipe en la parroquia San Francisco de Sales. En Santa María de las Condes, a las 12 horas, está previsto que sea el de Diego, y en San Francisco de Sales a las 15 horas se despedirá a Ricardo.
En el Colegio Apoquindo, cada vez que fallece un ex alumno, se planta un canelo en el llamado Jardín del Recuerdo, que queda a un costado del patio central.
En los 30 años de existencia de este establecimiento, han sido nueve los canelos plantados en memoria de ex alumnos fallecidos; ocho murieron en accidentes y uno por infarto al corazón.
Canio Lioi ha sido profesor de Historia en el Apoquindo por más de dos décadas y le ha correspondido ser profesor jefe de todos los cuartos medios egresados del plantel. Hombre de fe, no se resigna a la idea de haber perdido a tres ex alumnos en un mismo accidente. Se emociona y le cuesta hablar cuando recuerda 1991, año de egreso de estos tres amigos, con los cuales tuvo un vínculo que llegó más allá de una relación de colegio.
"En esos tiempos se estilaba formar grupos de estudio en las casas. Recuerdo las once gigantes que nos preparaba Magdalena, mamá de Ricardo Marín, en su casa de Avenida Santa María, desde donde se miraba el Mapocho. A su abuela paterna revisando cada una de las notas de su nieto. Ricardo nunca perdió el sentido del humor, ni en los momentos más complicados de su vida. Desde pequeño le gustó la biología. Su sueño era estudiar una carrera de esa área e irse a vivir con su familia al campo".
Para Lioi, el núcleo de Felipe Eguiguren reflejaba la vida en familia. "De ahí venía su austeridad, el esfuerzo por lograr lo presupuestado y su amistad con todo el curso. Imposible olvidar una vez que fui a comer a la casa de sus padres y la sobremesa se extendió por horas. Felipe no era buena persona por casualidad, sino era una herencia familiar. Era un hombre de mucha paz interior, y la lograba transmitir a los demás", recuerda.
Sobre Sebastián Pérez, recuerda que "era todo un personaje. Era imposible enojarse con él, su sonrisa era perenne, siempre estaba dispuesto a ayudar. Se sentía muy orgulloso de sus antepasados y de su familia". Sus padres lo adoraban. Para él, los Pérez Arrieta eran intocables, y cada miembro de su familia debía ser llamado por su nombre y apellido. A él muchos lo llamaban 'el roto Pérez', cosa que indignaba a su mamá".
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Diego García de la Huerta Sutil.
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